Existe un
pueblo muy pequeño. Extremadamente pequeño. Muy pocos saben donde está ubicado
y, por supuesto, el turismo no es algo que a sus pobladores les interese. Se
dice que el pueblo es tan pequeño que solamente cabe un edificio en su
territorio. Un edificio de 20 pisos, blanco y elegante, es lo único que cabe en
el pueblo y alberga a todos sus pobladores, los cuales no superan el ciento.
La mayoría
de personas que pasa por este edificio ignora que se trata de un pueblo
independiente, con juzgado de paz (en el 502), comisaría de policía y hasta un
pequeño mercado en la planta baja. Recientemente se ha inaugurado un centro
comercial en la azotea y es la moda para los más jóvenes, que son dos niñas
mellizas de 12 años.
A los
pobladores de “El Edificio” no les gusta mucho salir de su pueblo. Consideran
que dentro de él está todo lo que necesitan para ser felices. Viven cerca de sus
trabajos (basta con subir o bajar escaleras), los negocios les quedan cerca, no
hay tráfico, nunca hay cola en los bancos, no deben preocuparse con quiénes están
sus seres queridos y jamás sienten que les falta espacio. Definitivamente también
hay cosas que no les gustan porque no todo es perfecto en la vida pero igual
disfrutan de las olimpiadas y de los mundiales de fútbol a pesar de no tener
selecciones que los representen.
Uno puede
pararse en el edificio que está al frente de El Edificio y notar a simple vista
la heterogeneidad de sus habitantes (esto es lo que hace rico su folklore)
gracias a las cortinas que posee cada departamento. Al ser un edificio blanco,
los habitantes han acordado no utilizar cortinas muy llamativas pero si
personalizarlas de acuerdo a su gusto. De este modo, se pueden apreciar estores,
cortinas tradicionales, cortinas de blondas, semitransparentes, ninguna cortina
o incluso una tabla de madera delgada que pone uno de los habitantes más
longevos (que vive casi en el último piso, a la derecha de la construcción) al
no gustarle el sol que inunda su estudio a las 4 de la tarde.
Salir del
pueblo, si alguien quisiera hacerlo (sería observado de manera muy extraña por
el portero, que es parte del pueblo y además de ser el portero es el ministro
de relaciones exteriores) es sencillo pues basta con cruzar los límites de la
edificación. El problema lo tendría el habitante cuando quisiera retornar a su
pueblo. Dado que no existe política armamentista ni expansionista, el
territorio es cuidado sagradamente y las inspecciones para residentes y
visitantes son muy exhaustivas, llegando a permanecer quien quiera entrar hasta
una semana en la planta baja respondiendo interrogatorios y siendo examinado físicamente
para descartar cualquier amenaza. El dpto 102 es un hotel muy cómodo que, a
pesar de tener solamente 3 estrellas, no tiene nada que envidiarle a los
hoteles más cómodos del mundo.
Alguna vez
iré a ese pueblo y pediré la residencia.

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