“El enemigo de un peruano es otro peruano”… triste frase célebre.
Claudia Dammert ha sido degollada por la prensa sensacionalista (la única que existe en el país) por sus desafortunados comentarios en la televisión sensacionalista (la única que existe en el país). Al margen de lo buena o mala persona que pueda ser Claudia (que por si no lo sabían, vivió muchos años en Huaraz y no necesariamente en la ciudad, viviendo una vida simple y tranquila) me quedé pensando en lo que ya es el nuevo hit del verano: Los nuevos ricos. Inmediatamente pensé que al existir nuevos ricos también debía haber “viejos ricos”.
Si los nuevos ricos son personas, mayoritariamente, de origen provinciano, que llegaron a la capital con la ola migratoria de los años 50 (me he inventado creo, pero suena bonito) y que tuvieron éxito, llegando a ser activos miembros de la clase media emergente limeña, gracias al boom económico que vivimos y que aún no termino de entender (me parece imposible que con una clase dirigencial de mente tan escaza estemos viviendo esta bonanza que mi padre no pudo haber imaginado cuando el primer gobierno de Alberto Fujimori dio el paquetazo y él se lanzó desesperado al mercado a gastar todo el dinero que traía en el bolsillo); los “viejos ricos” serían entonces, aquella clase alta limeña, cien por ciento limeña y que ya eran limeños desde el gobierno de Odría. Aquellos “Julius” ya crecidos que terminaron en el Santa María y que ya matricularon a sus hijos en el Inmaculado Corazón y que lo seguirán haciendo. Pero, ¿acaso esos viejos ricos no son en realidad “nuevos pobres”?
Efectivamente, gran parte de esa rimbombante clase alta limeña no pudo sobrevivir a las reformas de Velasco y aún escuchamos historias de la hacienda enorme donde jugaban los padres, de las nanas para cada hijo y del derroche que luego se convirtió en reforma, más adelante en decadencia para al final ser parte simplemente de leyendas que nos contaron antes de ir a dormir. A lo hecho, pecho, a tu abuelo lo estafaron, asesinaron a tal tío, a la viuda del hacendado la dejaron en la calle, el imperio del vinagre se vino abajo, etc.
Sin embargo, también existe otra clase que supo y pudo mantenerse arriba, probablemente invirtiendo en el extranjero, escondiendo su patrimonio y esperando agazapados a que la tormenta termine. A tí te hablo, socio eterno del Regatas, debes agradecerle mucho a tu abuelo y bisabuelo el haber resistido la transformación del país y que tu familia se haya podido mantener arriba. Esta clase social “afantasmanda” estuvo oculta en los 80 y 90, temerosos del terrorismo y sufriendo Tarata y demás cobardes atentados. Esa clase que miraba a Estados Unidos y Europa como el sinónimo de salvación ante la guerra interna que nos consumía, empezó a odiar al país porque era un lugar que les estaba quitando todo. Es comprensible si nos ponemos a reflexionar.
Hoy por hoy, un año después del fin del mundo, podemos darnos cuenta de que lo peor ha pasado, aunque queden heridas recientes y el terrorismo siga a la vuelta de la esquina (esto es más denso de lo que creemos, al norte está Colombia con las FARC y junto a nosotros son los principales productores de cocaína del mundo No sólo tenemos al fantasma del terrorismo sino a la amenaza de la mafia internacional). El país va mejorando (claro, soy limeñito, si digo esto en el VRAE me meten una patada voladora) y la globalización ha hecho que a pesar de que la mayoría de dirigentes sean asnos de saco y corbata, económicamente, es improbable que nos pase lo mismo que con el boom guanero. Esta vez hay mucha más conciencia y pericia, principalmente en el ministerio de economía (me parece que desde Toledo). Sin embargo, al haber una relativa tranquilidad económica, los problemas del país que empiezan a sobresalir son más de corte social (y claro, el culo de tal o cual vedette), el Perú empieza a levantar los ojos, mira a sus vecinos como competidores iguales y a las potencias como socios estratégicos. Lo que aún no hace el país es ver más hacia adentro suyo, a pesar de que parece una tendencia que caería por su propio peso.
El problema, a mi humilde entender, es que existe una gran barrera que hace que el país no mire hacia adentro y son justamente esos viejos ricos que sobrevivieron y perduraron por generaciones. Nada en contra de su riqueza monetaria; el problema es su pobreza moral y ética que los convierte en una clase alta ridícula y patética, que arrastra resentimientos y miedos del pasado y que no está dispuesta a volver a perder su posición a manos de la amenazante y despreocupada clase media emergente, los “nuevos ricos”.
Los viejos ricos son realmente de lo más ridículo que tiene el país. Se ha dicho mucho de la huachafería de la clase baja, de la cultura chicha, de esa “criollada” que nada tiene de bonita sino de vergonzosa , de la “cultura combi” y etc, etc. Poco se habla de los otros huachafos, aquellos que se recluyen en “Eisha” recreando Miamis y cojudeces, admiradores de lo anglosajón chic. Esos que carecen tanto de personalidad que necesitan uniformar a sus trabajadoras del hogar y que les impiden entrar al mar. Esos que crían a sus hijos como si fueran el padre del protagonista de “No se lo digas a nadie” (cómo se llamará el tipo, no me acuerdo) alentando la falta de respeto a nuestra endeble autoridad ciudadana, que permiten el choleo al por mayor y que llenan la cabeza de sus hijos de banalidades insensatas como las poses sociales y la idea de que uno es mejor persona cuando tiene más bienes materiales. Pobre gente.
De esta manera, la lucha de clases pareciera hacerse más intensa y el drama de la revocatoria (es un drama perder millones de soles solamente porque no somos capaces de respetar elecciones democráticas) saca a relucir lo peor de nosotros: Quienes están a favor del SI son cholos cochinos, apestosos e ignorantes que lo único que quieren es buscar su propio bienestar, como siempre lo ha hecho esta gente de mierda. Los que están a favor del NO son pituquitos fans de la “tía regia” resentidos también porque el presidente no se llama Jack Sparrow sino Ollanta Humala, que sólo les interesa lo que pase en San Isidro o Miraflores que son claros ejemplos de cómo la clase alta le puede dar la espalda a países con ciudades en extrema pobreza. Si adoptamos fanáticamente cualquiera de las dos posturas somos imbéciles.
Un profesor de historia, el mejor que he tenido en la universidad, dijo una vez en clase que en el Perú más de la mitad de las cosas aún no estaban hechas. Tiene mucha razón. La clave para tener un buen jardín es tener buenas semillas y regarlas constantemente. El Perú es un jardín donde ahora hay agua suficiente pero no se riega por igual, donde las semillas son cualquier semilla y las plantas crecen como pueden. En el Perú no existe un sistema educativo con cimientos fuertes que esté formando ciudadanos del mundo; un sistema que eduque a los nuevos peruanos, ya sean nuevos ricos o nuevos pobres, en valores, en moral, en respeto a nuestras autoridades (además de todas las materias necesarias). Si no se hace esto, si no se fortalece el aparato educativo, continuaremos en esta espiral hacia abajo que nos mantiene en la ignorancia (a todas las clases sociales). Así es como mantenemos vivos todos nuestros problemas, porque no nos estamos educando para desterrar nuestros malos hábitos, nuestras malas costumbres; no nos estamos educando para ser un país. En lugar de estar apoyando al SI o al NO en la alcaldía limeña, haciendo relucir lo peor de nosotros, deberíamos sentarnos a pensar qué estamos construyendo para el futuro. Salgamos de esa espiral, rompamos el maleficio y usemos nuestros recursos en crecer juntos.
No más eishas ni conos. Somos un solo país. No seamos tan huevones.
2 comentarios:
Algunas apreciaciones: así es empezó en los años 50 se agudizó antes y durante la década de los 80 con el terrorismo.
Inmaculado Corazón, no Sagrado jaja...
De acuerdo con varios puntos, igual no debes generalizar ni a unos, ni a otros...
El Perú es uno de muchos otros países con realidades polarizantes, Brasil, China, etc..
Gracias! Inmaculado, Inmaculado, Inmaculado ;)
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