17 de junio de 2012

Nuestros pequeños mostruos (Autor: Alfonso Medina)

En 1982, mi papá, Alfonso Medina Bocanegra, ganó el concurso de la revista Caretas, "El cuento de las 1,000 palabras". El premio se lo dió el ahora nobel, Mario Vargas Llosa y el cuento fue publicado en la revista. Alfonso ya salía con Moci, mi mamá, con quien se casaría al año siguiente. Cada vez que mis hermanos y yo leemos su cuento y recordamos la historia de cómo mi mamá lo pasó a máquina de escribir, de cómo mi viejo, loco como el solo, dijo "ahí no más, gracias" cuando le preguntaron si quería una foto con MVLL, sonreimos y nos sentimos realmente orgullosos por ese hombre que día a día lo deja todo por nosotros y que nos regaló, entre otras cosas, el amor por leer y escribir. Lo sabemos y aunque a veces olvidamos su esfuerzo y sacrificio, días como hoy nos sirven para agradecer ser sus hijos, tenerlo como padre y como amigo. Aquí el cuento de mi papá. La persona más inteligente y noble que he tenido la suerte de conocer.
 _____________________________________________________________ 

Nuestros pequeños monstruos 

Hoy los vi por primera vez. Salían de uno en uno del cuarto de baño, eran rústicos y bastante torpes, sus movimientos producían al rozar el suelo ese desagradable ruido parecido al murmullo de un gentío. Se deslizaban con el mayor desparpajo, sin preocuparse de secar al menos sus cuerpos en el descansillo de la puerta, entrando a la sala y al comedor para repantigarse en cualquier esquina o ángulo aparente. Mi primera reacción fue de coger una escoba y echarlos, pues ya veía a algunos que asomaban a la puerta de mi dormitorio con intenciones nada respetuosas. Pero en ese momento sonó la sirena de una fábrica cercana anunciando las siete y cuarto de la mañana. Sólo tenía quince minutos para llegar al trabajo y no era cuestión de enredarse en un lío doméstico a esas horas. Así que pasé al baño y vi con sorpresa cómo uno de ellos flotaba a sus anchas en mi hermosa tina celeste (debí haber olvidado soltar el agua con que se enjuaga la ropa, la noche anterior. Es probable que de allí aparecieran). Casi lamenté el no ser casado, así habría alguien que pusiera orden en la casa, y no tendría que malograrme con estos torpes. 

Decidí entonces que no podía ni tomar una ducha. Me aseé rápidamente, aparté violentamente con el pie a uno que trababa al parecer de congraciarse conmigo sobando su lomo contra mis piernas, pero no consiguió sino irritarme al sentir su aspereza irregular mojándome el pantalón, y ensuciando mis zapatos lustrados con fruición la noche anterior. Estaba perdiendo la paciencia. Así que me terminé de vestir como pude y salí de la casa tirando la puerta. Al bajar las escaleras hallé a mi vecino, el viejo señor Miranda, sentado a su puerta con uno de estos detestables bichos en brazos, acariciándolo tiernamente como si se tratara de un bebé, es más, al verme acercó su cabeza a la del animal y le dio un sonoro beso en lo que debe ser la mejilla.¡Puaf! Bajé a la carrera y murmuré algo sobre la decencia. 

Una vez en la calle, quise olvidarme del incidente y pensé si no llegaría tarde al trabajo. El señor Ramírez había estado siendo últimamente muy duro conmigo. No tenía consideración que yo estaba reponiéndome luego de una larga convalecencia, y me exigía como al que más en la zapatería. Es cierto que mi rendimiento no era el de antes, lo se, pero al menos la compañía debía tener ciertos miramientos por quienes durante tantos años la han servido en la forma leal y eficaz como yo lo he hecho, y no como esos jovenzuelos que se creen los amos de las ventas hoy en día. Así iba de distraído, cuando de pronto caigo en la cuenta de que luego de recorrer algunas cuadras de las cinco que me separan del trabajo, casi en todas las puertas de las casas había encontrado a alguien con un animal de estos entre los brazos, y en actitudes nada inocentes. Unas veces eran los dueños de casa, otras las mujeres, y aún los niños. Y aún había gente que al pasar frente a las casas se detenían a acariciarlos y a repartirles besos, como si se tratara de niños. No salía de mi asombro y en algún momento distraído, topé levemente a uno de estos espantosos animales. Lo iba a apartar con violencia, cuando al levantar el pie, sentí como una punzada la mirada de la gente que desde todos los ángulos de la calle me lanzaba un reproche, cual si estuviera cometiendo un crimen. No tuve más remedio que hacerme a un lado para que pasara el animalejo reptando lentamente delante mío, y luego proseguir mi camino. 

Llegué finalmente al trabajo. Ya a estas alturas eran pasadas las siente y media, estaba llegando tarde al trabajo y me encontraba fuera de mi. Saludé a uno que otro compañero, me puse el uniforme, cuando sentí la voz gutural del señor Ramírez llamándome por mi primer nombre como suele hacer cuando quiere humillar a alguien. No sé cómo tuve fuerzas para contenerme y no apretarle su cortísimo cuello, y me lo quedé mirando, viéndole agitar sus toscas manos amarilleadas por el tabaco, mientras me lanzaba improperios, que aun parecían peores al salir de su boca acompañados de ese malsano aliento que lo ha hecho famoso en toda la compañía. Los compañeros miraban con sorna, y uno que otro preocupados. Sin decir palabra ocupé mi emplazamiento y tragándome las palabras que me hubiera gustado decirle a “ese imbécil del señor Ramírez”, atendí a mi primer cliente. 

Es necesario decir que en lo que concierne a mi trabajo, yo soy muy respetuoso de las normas que rigen el buen desempeño de un vendedor, y por sobre todas las cosas considero que el cliente tiene siempre la razón, y hay que satisfacerlo a como dé lugar. ¡Ah, eso si! A mi se me ha conocido y respetado por ello, los clientes que yo atiendo siempre salen contentos, así no hayan comprado nada; es fundamental. El cliente que me tocó atender era una dama que quería un tipo especial de zapatos para su niño, que a fuerza de ser mimado era un diablillo, diría más, un verdadero Lucifer, felizmente encontré el tipo de zapatos que querían y pude despacharlos rápidamente. En seguida se presentó un señor de aspecto muy respetable que fumaba en pipa y hasta parecía tener acento extranjero y aires de importancia. Me atusé los bigotes y salí a su encuentro ávido de contentar a un buen cliente, cuando de su mano izquierda veo pender una cadenita de plata que se enrollaba en el informe cuello de uno de esos repulsivos animales, que tenía aún que caminar lateralmente de puro gordo que era. Mi primera reacción fue de rechazo, pero felizmente me contuve a tiempo, y vi por uno de los espejos de la zapatería la mirada fiscalizadora del maldito señor Ramírez. Tomé un poco de aire, traté de ignorar a la bestezuela, y con toda cortesía me puse a las órdenes de mi cliente. Cual no sería mi sorpresa cuando este señor, hablando atildadamente y dirigiéndose al reptil como si este pudiera comprender, lo trataba de “querido”. No escuché más, y en realidad tuve una laguna metal y no recuerda nada de lo que pasó en ese momento. Sólo se que terminé probándole innumerables de unos extraños zapatos recién llegados al animalito del señor; mientras veía, siempre a través del espejo al señor Ramírez en el gesto de aplaudir y asintiéndome con la cabeza a la par que esbozaba una sonrisa que yo desconocía. 

Al final de la jornada, era ya casi un experto en estos nuevos zapatos. Innumerable gente los había solicitado, y siempre los había complacido. Regresando a mi casa vi la misma escena que cuando salía, pero ya estaba más sosegado. Un niño pasó corriendo con un reptil que penosamente lo seguía, me volví a verlos alejarse, pensé que es hermoso cómo el ser humano paulatinamente se adentra y encuentra la naturaleza, va hacia ella, y ella lo sorprende con toda su magnificencia. Al retomar mi camino me encontré con uno pequeñín de ellos, le acaricié el lomo, me miró con ojos casi humanos, como al descuido me lamió las manos. Como estaba solo, decidí llevarlo conmigo a casa: Entrando al edificio me preguntaba cuántos zapatos se necesitarían para mis propios reptiles.

No hay comentarios: