Pido disculpas si mi siguiente historia no es de su total agrado. Incluso noto ya a algunos que empiezan a alejarse. La vida en solitario obliga a valorar cualquier atisbo de compañía y es por eso que espero su comprensión. Mucho antes de estar aquí frente a sus distinguidas presencias, una madrugada, alguien tocó mi puerta…
Fue cuando recibí el quinto pastelito de Haydeé, que me aventuré a probarlo; los cuatro anteriores me miraban recelosos desde el refrigerador con los bracitos cruzados y levantando las cejas en evidente y justificada desaprobación; al fin y al cabo, ellos habían llegado primero. Helados por la desazón del desprecio y el aire glacial que los mantenía con vida, daban vueltas mientras conversaban en el amplio refrigerador que albergaba un pedazo de carbón y a olvidados recipientes descartables vacíos.
Debo confesar que comer el quinto pastelito enviado por mi querida Haydeé se presentó como una de mis mejores ideas en varios días. Acababa de abrir la puerta de mi departamento sonriendo con los ojos cerrados y preguntando flojamente ¿quién es? Recogí al pequeño y acaramelado visitante, envuelto en papel celofán y adornado por una corbatita azul. Un “gracias” en la oscuridad del pasadizo escapó rozando la puerta que yo cerraba.
Evidentemente, Haydeé no era una cocinera experta y sus pastelitos, llenos de amor mas que de cualquier otra cosa, me deleitaban sólo a mí. He sabido después que mi nombre se encontraba entre los ingredientes del recetario de aquella casita que yo imaginaba, con una acogedora cocina y una ventanita alta adornada con una pequeña maceta que dejaba entrar la luz del sol muy temprano. Los cuatro postres anteriores no habían sido probados por cautela; sin embargo, este quinto visitante no sólo me arrancaba el hambre de varios días; sino que consolidaba mi relación con Haydeé.
Siempre he tenido mala memoria para cosas muy específicas; dirán que es pura conveniencia. Y es que después de cinco días, no recordaba exactamente cómo llegó a mis manos el primer regalo que enviara mi querida Haydeé. Los recuerdos se hacen vagos, a medida que intento ordenarlos y la realidad me saca la lengua escondiéndose detrás de mi cama. Recuerdo la mesa de mi cocina, fría y gris. Pudo haber sido el alcohol o el aburrimiento que emborracha, que me hizo aparecer ahí en la mañana con los brazos extendidos y la mejilla pegada a la mesa metálica al costado de un charquito de saliva sinvergüenza. Entre mis manos, un paquetito envuelto en papel celofán dormitaba tranquilamente.
Durante las noches posteriores aguardé, acompañado del ruido de los motores de la avenida y siendo cobijado por la oscuridad de mi cocina fría. Nunca hubo una hora específica de llegada pues a Haydeé siempre le gustó ser espontánea y sorprenderme. ¡Y sí que lograba hacerme sonreír cuando tocaba la puerta! Yo repetía su nombre en silencio mientras caminaba lentamente hacia la puerta (sólo para darle tiempo), abría y preguntaba ¿quién es? Contemplaba el pasillo tenuemente alumbrado y a mi nuevo visitante envuelto en papel celofán. Podría jurar que ella se reía escondida detrás de la pared que da paso a las escaleras, esperando que yo recoja su pequeño regalo. Otro pastelito entregado y el sonido de sus pasos corriendo escaleras abajo.
Decidí que los pastelitos reflejaban exactamente lo que ella sentía. Habiéndome acostumbrado a comerlos inmediatamente después de recibirlos, empecé a entender el mensaje que encerraban: Me amaba. Sus primeros pastelitos tenían una fina cobertura de crema blanca casi insípida y el dulce iba en aumento en cada entrega madrugadora. Más adelante, me dejaba pastelitos con pequeñas frutas y hasta con rellenos de manjar; ¡ella estaba conversando conmigo!
Es cierto, a estas alturas adivino la interrogante en sus miradas. Yo mismo decidí llamarla Haydeé. Consideré en ese momento que mi amada tenía ese nombre y que su cuerpo, sus manos, sus líneas y esencia quedaban elegantemente enmarcados en aquel nombre. Un premio para mi amada que ahora tiene etiqueta y un silencio con sonrisa para mí que ahora tengo a quien etiquetar. La miel indicaba su alegría y las pequeñas frutas e incluso la crema me decían que era pícara, graciosa y atrevida. Usaba chispas de chocolate para contarme chistes y batía mucho la masa cuando se sentía grande, libre y dichosa. Cuando recibía pastelitos con nueces, me daba cuenta que no le había prestado atención y que ella, en su cocinita, regañaba mientras los preparaba, tal vez por un maltrato mío mal intencionado. Empezamos a frecuentarnos en sueños y decidí que aquello estaba bien. Finalmente podía ver a Haydeé y hablar con ella, contarle lo lleno de vida que me sentía gracias a sus obsequios, lo vacía e insípida que era mi vida antes de conocerla y los planes que tenía para los dos en el futuro. Y en las madrugadas siempre me agachaba sonriendo para recoger un nuevo regalo.
Mi vida se empezó a llamar Haydeé y las noches se convirtieron en el momento de consumar nuestro nuevo amor. El papel celofán me mostraba su alma que yo abría lentamente para no sonrojarla y recibía cada pedazo suyo tragando con agrado y saboreando su esencia. Despertábamos sonriendo en las mañanas, con el corazón desnudo y cubiertos solamente con las sábanas celestes que nos resguardaban del leve frío mañanero. Haydeé y yo vivíamos felices y tranquilos en mi departamento sin luz, en nuestra fortaleza con cocina fría y podíamos pasar horas de diversión protegidos por los muros, explorando los sabores de nuestros cuerpos entre abrazos, caricias y polvo de hornear. No podía estar mal si se sentía tan bien y tan mágico era el sabor de aquellos pasteles que noche a noche me contaban en sueños la historia de mi vida con Haydeé. Me susurraban al oído sobre el nuevo motivo que había llegado a oscuras y de madrugada. Abrazando mi almohada saboreando a Haydeé, sonreía mientras los escuchaba con tranquilo embelezo.
Es así que una noche me encontraba dispuesto a recibir el regalo de mi amada y con él, el inicio cotidiano de nuestras madrugadas juntos. La espera se convirtió en minutos aburridos y somnolientos que aguardaban sin apuro el toque de la puerta que no llegaría. Una noche sin dormir, una noche insípida y a la mañana siguiente, la espera inmediata de la nueva noche, la nueva oportunidad para poder sentir el toque de la puerta, de mi corazón y el dulce nuevamente en el paladar para que nos podamos regocijar con aquellas historia y aventuras de caramelo. Nada. Abría la puerta desesperadamente en busca de los pequeños regalos…Haydeé, ¿qué te ha pasado?
Los días son largos si no hay un final como el que uno espera. La claridad de las habitaciones no hacía otra cosa que irritarme, enfurecerme al saber que nada de eso era real; mi realidad empezaba con la oscuridad que permite que los sueños aparezcan para contarme historias. Las manos de Haydeé no amasan ni hornean en estos días e imaginar su pequeña pero acogedora cocina, con una ventanita en lo alto, no hace otra cosa que desesperanzarme al encontrarla en mi mente vacía, sin señales de ella, ni de ningún calor que delate la preparación de un obsequio, de un pedacito de vida que quiera compartir.
La lucidez, mis amigos, sólo se muestra cuando es irremediable su presencia. Decidí que la lucidez debía estar presente: Haydeé no horneaba pastelitos pues era su cumpleaños. Me bastaron sólo cuatro noches para entenderlo ¿quién regala pasteles en su cumpleaños? Inmediatamente la pude ver sentada, en su comedor, con esa expresión de angustia que pone y que la hace ver mucho más adorable de lo que es, esperando que yo me manifieste con algún regalo. Era tan obvio que sentí vergüenza de mi mismo al hacerla esperar tantas noches; ¡es preciso preparar algo para ella! Encontré en la alacena lo suficiente para un pequeño pastel de vainilla, un poco chato pues no tenía harina suficiente. A la noche siguiente, un pastel relleno de buenas intenciones y con una breve nota que imploraba “regresa”, sería puesto en el pasillo del edificio, esperando que la cumpleañera pasara por él, como debía haber pasado las noches anteriores, sin encontrar nada.
La espera es más ansiosa cuando está por terminarse y el goteo de los segundos finales se convierte rápidamente en un chorro de emociones. Había dejado el pastel para mi querida Haydeé en el piso, afuera de mi departamento, esperando por ella para que lo recogiese. Escuché con corazón palpitante unos pasos tímidos y un lento recoger de mi obsequio. Haydeé se encontraba del otro lado de mi puerta, no era un sueño, no era una decisión, era la realidad. Ella estaba ahí. Pensé en abrir la puerta, en pedirle que dejemos de vivir sueños y transformemos en realidades todas nuestras aventuras, nuestra vida juntos, nuestro amor declarado con azúcar. Pensé en pedirle la oportunidad de escuchar su verdadera voz, de sentir su verdadera piel pues la imaginación es fuerte pero se desvanece frente a cualquier integrante de la realidad. Es más fuerte el miedo a no encontrar lo que se busca que la determinación pura. Si abro la puerta, Haydeé puede no amarme más. Puede ver en mí la mediocridad que me ha caracterizado y que ha sido encontrada sistemáticamente por todos aquellos que me conocieron. Puede verme tal como soy.
Después de la semana de su cumpleaños la puerta se mantuvo cerrada durante sus llegadas. Escuchaba el llamado a la puerta, los pasos que corrían; esperaba durante unos prudentes segundos y abría la puerta preguntando flojamente ¿quién es? Miraba hacia abajo y me encontraba un pastelito envuelto en papel celofán. Lo metía al refrigerador – pues ahora los comía en las mañanas, como nueva estrategia para sobrellevar la dureza del día siguiente – mientras me miraba en silencio, siguiendo mis movimientos. Así Haydeé y yo éramos felices, despertando juntos en nuestra imaginación y viviendo nuestras vidas soñadas, alucinados y despreocupados por los ruidos de afuera, tan caóticos, tan ajenos.
Sin embargo, cuando se está tan cerca de lo deseado, de la posibilidad de trasladar lo imaginario al mundo real, los límites nos invitan a traspasarlos, la lógica que nos ofrece seguridad pierde sentido y la nueva aventura se exhibe exóticamente para no dejarnos dormir. Quería ver a Haydeé y no solo eso, quería hablar con ella y que fuera de verdad. Decidí esperarla una noche sentado al costado del marco de la puerta de mi departamento. Los oídos muy atentos y en silencio mientras la oscuridad camuflaba mis intenciones y esperaba sentada a mi costado, siempre calladita. A lo lejos, los peldaños de la escalera que son pisados uno a uno, cada vez más cerca. Pasos a rastras que avanzan acompañados del eco de la soledad de un edificio en la madrugada y un detenerse ante mi puerta para agacharse. Abro la puerta con velocidad. Haydeé me observa sorprendida, un tanto asustada. Ojos grandes, expresivos y oscuros, justo como los imaginaba. Su mirada, con esa tristeza expresiva de alguien que espera. Cabello lacio y largo, peinado por la suerte ocultando medio rostro. Un pastelito entre sus manos me observa temeroso. No hay palabras, tan solo un rubor infantil de su parte y el fin de mi respiración al verla finalmente. Haydeé deja el pastelito en el suelo y se incorpora, las bocinas de los autos y el sonido de motores madrugadores nos acompañan, nos arrullan. Haydeé levanta la cabeza y me lanza una última mirada con ojos expectantes. Le respondo frunciendo el ceño como única reacción posible al conocer a la creadora de mi vida reciente y a su excesiva juventud. Baja la mirada, gira sobre ella misma y se retira con la dignidad de una dama, de la Haydeé que será cuando los días claros y oscuros den más vueltas sobre ella. Se aleja en silencio. Escucho sus pasos al bajar las escaleras y comprendo, mientras el ruido mundano se apodera de mi departamento, que ha sido mi último pastelito envuelto en papel celofán.
Fue cuando recibí el quinto pastelito de Haydeé, que me aventuré a probarlo; los cuatro anteriores me miraban recelosos desde el refrigerador con los bracitos cruzados y levantando las cejas en evidente y justificada desaprobación; al fin y al cabo, ellos habían llegado primero. Helados por la desazón del desprecio y el aire glacial que los mantenía con vida, daban vueltas mientras conversaban en el amplio refrigerador que albergaba un pedazo de carbón y a olvidados recipientes descartables vacíos.
Debo confesar que comer el quinto pastelito enviado por mi querida Haydeé se presentó como una de mis mejores ideas en varios días. Acababa de abrir la puerta de mi departamento sonriendo con los ojos cerrados y preguntando flojamente ¿quién es? Recogí al pequeño y acaramelado visitante, envuelto en papel celofán y adornado por una corbatita azul. Un “gracias” en la oscuridad del pasadizo escapó rozando la puerta que yo cerraba.
Evidentemente, Haydeé no era una cocinera experta y sus pastelitos, llenos de amor mas que de cualquier otra cosa, me deleitaban sólo a mí. He sabido después que mi nombre se encontraba entre los ingredientes del recetario de aquella casita que yo imaginaba, con una acogedora cocina y una ventanita alta adornada con una pequeña maceta que dejaba entrar la luz del sol muy temprano. Los cuatro postres anteriores no habían sido probados por cautela; sin embargo, este quinto visitante no sólo me arrancaba el hambre de varios días; sino que consolidaba mi relación con Haydeé.
Siempre he tenido mala memoria para cosas muy específicas; dirán que es pura conveniencia. Y es que después de cinco días, no recordaba exactamente cómo llegó a mis manos el primer regalo que enviara mi querida Haydeé. Los recuerdos se hacen vagos, a medida que intento ordenarlos y la realidad me saca la lengua escondiéndose detrás de mi cama. Recuerdo la mesa de mi cocina, fría y gris. Pudo haber sido el alcohol o el aburrimiento que emborracha, que me hizo aparecer ahí en la mañana con los brazos extendidos y la mejilla pegada a la mesa metálica al costado de un charquito de saliva sinvergüenza. Entre mis manos, un paquetito envuelto en papel celofán dormitaba tranquilamente.
Durante las noches posteriores aguardé, acompañado del ruido de los motores de la avenida y siendo cobijado por la oscuridad de mi cocina fría. Nunca hubo una hora específica de llegada pues a Haydeé siempre le gustó ser espontánea y sorprenderme. ¡Y sí que lograba hacerme sonreír cuando tocaba la puerta! Yo repetía su nombre en silencio mientras caminaba lentamente hacia la puerta (sólo para darle tiempo), abría y preguntaba ¿quién es? Contemplaba el pasillo tenuemente alumbrado y a mi nuevo visitante envuelto en papel celofán. Podría jurar que ella se reía escondida detrás de la pared que da paso a las escaleras, esperando que yo recoja su pequeño regalo. Otro pastelito entregado y el sonido de sus pasos corriendo escaleras abajo.
Decidí que los pastelitos reflejaban exactamente lo que ella sentía. Habiéndome acostumbrado a comerlos inmediatamente después de recibirlos, empecé a entender el mensaje que encerraban: Me amaba. Sus primeros pastelitos tenían una fina cobertura de crema blanca casi insípida y el dulce iba en aumento en cada entrega madrugadora. Más adelante, me dejaba pastelitos con pequeñas frutas y hasta con rellenos de manjar; ¡ella estaba conversando conmigo!
Es cierto, a estas alturas adivino la interrogante en sus miradas. Yo mismo decidí llamarla Haydeé. Consideré en ese momento que mi amada tenía ese nombre y que su cuerpo, sus manos, sus líneas y esencia quedaban elegantemente enmarcados en aquel nombre. Un premio para mi amada que ahora tiene etiqueta y un silencio con sonrisa para mí que ahora tengo a quien etiquetar. La miel indicaba su alegría y las pequeñas frutas e incluso la crema me decían que era pícara, graciosa y atrevida. Usaba chispas de chocolate para contarme chistes y batía mucho la masa cuando se sentía grande, libre y dichosa. Cuando recibía pastelitos con nueces, me daba cuenta que no le había prestado atención y que ella, en su cocinita, regañaba mientras los preparaba, tal vez por un maltrato mío mal intencionado. Empezamos a frecuentarnos en sueños y decidí que aquello estaba bien. Finalmente podía ver a Haydeé y hablar con ella, contarle lo lleno de vida que me sentía gracias a sus obsequios, lo vacía e insípida que era mi vida antes de conocerla y los planes que tenía para los dos en el futuro. Y en las madrugadas siempre me agachaba sonriendo para recoger un nuevo regalo.
Mi vida se empezó a llamar Haydeé y las noches se convirtieron en el momento de consumar nuestro nuevo amor. El papel celofán me mostraba su alma que yo abría lentamente para no sonrojarla y recibía cada pedazo suyo tragando con agrado y saboreando su esencia. Despertábamos sonriendo en las mañanas, con el corazón desnudo y cubiertos solamente con las sábanas celestes que nos resguardaban del leve frío mañanero. Haydeé y yo vivíamos felices y tranquilos en mi departamento sin luz, en nuestra fortaleza con cocina fría y podíamos pasar horas de diversión protegidos por los muros, explorando los sabores de nuestros cuerpos entre abrazos, caricias y polvo de hornear. No podía estar mal si se sentía tan bien y tan mágico era el sabor de aquellos pasteles que noche a noche me contaban en sueños la historia de mi vida con Haydeé. Me susurraban al oído sobre el nuevo motivo que había llegado a oscuras y de madrugada. Abrazando mi almohada saboreando a Haydeé, sonreía mientras los escuchaba con tranquilo embelezo.
Es así que una noche me encontraba dispuesto a recibir el regalo de mi amada y con él, el inicio cotidiano de nuestras madrugadas juntos. La espera se convirtió en minutos aburridos y somnolientos que aguardaban sin apuro el toque de la puerta que no llegaría. Una noche sin dormir, una noche insípida y a la mañana siguiente, la espera inmediata de la nueva noche, la nueva oportunidad para poder sentir el toque de la puerta, de mi corazón y el dulce nuevamente en el paladar para que nos podamos regocijar con aquellas historia y aventuras de caramelo. Nada. Abría la puerta desesperadamente en busca de los pequeños regalos…Haydeé, ¿qué te ha pasado?
Los días son largos si no hay un final como el que uno espera. La claridad de las habitaciones no hacía otra cosa que irritarme, enfurecerme al saber que nada de eso era real; mi realidad empezaba con la oscuridad que permite que los sueños aparezcan para contarme historias. Las manos de Haydeé no amasan ni hornean en estos días e imaginar su pequeña pero acogedora cocina, con una ventanita en lo alto, no hace otra cosa que desesperanzarme al encontrarla en mi mente vacía, sin señales de ella, ni de ningún calor que delate la preparación de un obsequio, de un pedacito de vida que quiera compartir.
La lucidez, mis amigos, sólo se muestra cuando es irremediable su presencia. Decidí que la lucidez debía estar presente: Haydeé no horneaba pastelitos pues era su cumpleaños. Me bastaron sólo cuatro noches para entenderlo ¿quién regala pasteles en su cumpleaños? Inmediatamente la pude ver sentada, en su comedor, con esa expresión de angustia que pone y que la hace ver mucho más adorable de lo que es, esperando que yo me manifieste con algún regalo. Era tan obvio que sentí vergüenza de mi mismo al hacerla esperar tantas noches; ¡es preciso preparar algo para ella! Encontré en la alacena lo suficiente para un pequeño pastel de vainilla, un poco chato pues no tenía harina suficiente. A la noche siguiente, un pastel relleno de buenas intenciones y con una breve nota que imploraba “regresa”, sería puesto en el pasillo del edificio, esperando que la cumpleañera pasara por él, como debía haber pasado las noches anteriores, sin encontrar nada.
La espera es más ansiosa cuando está por terminarse y el goteo de los segundos finales se convierte rápidamente en un chorro de emociones. Había dejado el pastel para mi querida Haydeé en el piso, afuera de mi departamento, esperando por ella para que lo recogiese. Escuché con corazón palpitante unos pasos tímidos y un lento recoger de mi obsequio. Haydeé se encontraba del otro lado de mi puerta, no era un sueño, no era una decisión, era la realidad. Ella estaba ahí. Pensé en abrir la puerta, en pedirle que dejemos de vivir sueños y transformemos en realidades todas nuestras aventuras, nuestra vida juntos, nuestro amor declarado con azúcar. Pensé en pedirle la oportunidad de escuchar su verdadera voz, de sentir su verdadera piel pues la imaginación es fuerte pero se desvanece frente a cualquier integrante de la realidad. Es más fuerte el miedo a no encontrar lo que se busca que la determinación pura. Si abro la puerta, Haydeé puede no amarme más. Puede ver en mí la mediocridad que me ha caracterizado y que ha sido encontrada sistemáticamente por todos aquellos que me conocieron. Puede verme tal como soy.
Después de la semana de su cumpleaños la puerta se mantuvo cerrada durante sus llegadas. Escuchaba el llamado a la puerta, los pasos que corrían; esperaba durante unos prudentes segundos y abría la puerta preguntando flojamente ¿quién es? Miraba hacia abajo y me encontraba un pastelito envuelto en papel celofán. Lo metía al refrigerador – pues ahora los comía en las mañanas, como nueva estrategia para sobrellevar la dureza del día siguiente – mientras me miraba en silencio, siguiendo mis movimientos. Así Haydeé y yo éramos felices, despertando juntos en nuestra imaginación y viviendo nuestras vidas soñadas, alucinados y despreocupados por los ruidos de afuera, tan caóticos, tan ajenos.
Sin embargo, cuando se está tan cerca de lo deseado, de la posibilidad de trasladar lo imaginario al mundo real, los límites nos invitan a traspasarlos, la lógica que nos ofrece seguridad pierde sentido y la nueva aventura se exhibe exóticamente para no dejarnos dormir. Quería ver a Haydeé y no solo eso, quería hablar con ella y que fuera de verdad. Decidí esperarla una noche sentado al costado del marco de la puerta de mi departamento. Los oídos muy atentos y en silencio mientras la oscuridad camuflaba mis intenciones y esperaba sentada a mi costado, siempre calladita. A lo lejos, los peldaños de la escalera que son pisados uno a uno, cada vez más cerca. Pasos a rastras que avanzan acompañados del eco de la soledad de un edificio en la madrugada y un detenerse ante mi puerta para agacharse. Abro la puerta con velocidad. Haydeé me observa sorprendida, un tanto asustada. Ojos grandes, expresivos y oscuros, justo como los imaginaba. Su mirada, con esa tristeza expresiva de alguien que espera. Cabello lacio y largo, peinado por la suerte ocultando medio rostro. Un pastelito entre sus manos me observa temeroso. No hay palabras, tan solo un rubor infantil de su parte y el fin de mi respiración al verla finalmente. Haydeé deja el pastelito en el suelo y se incorpora, las bocinas de los autos y el sonido de motores madrugadores nos acompañan, nos arrullan. Haydeé levanta la cabeza y me lanza una última mirada con ojos expectantes. Le respondo frunciendo el ceño como única reacción posible al conocer a la creadora de mi vida reciente y a su excesiva juventud. Baja la mirada, gira sobre ella misma y se retira con la dignidad de una dama, de la Haydeé que será cuando los días claros y oscuros den más vueltas sobre ella. Se aleja en silencio. Escucho sus pasos al bajar las escaleras y comprendo, mientras el ruido mundano se apodera de mi departamento, que ha sido mi último pastelito envuelto en papel celofán.
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