23 de enero de 2011

Franco

4 de febrero de 1993. 5pm. Yo de 9 y Renzo de 7. Centro de Lima. Mi madre nos hace cruzar la pista llevándonos de la mano a una bodega/fuente de soda /cualquier otra cosa que genere ingresos. Recuerdo el sonido lejano de la avenida Tacna y las luces de los carros que pasaban por esa calle cercana al Jirón Moquegua, anunciando la caída de la noche. Corría un templado viento veraniego pero es probable que Renzo y yo hayamos estado más abrigados de lo necesario. Las suaves manos de mi madre nos protegían más que cualquier tanque de batalla a la hora de cruzar esa poco concurrida pistucha.


Ella había decidido que fuéramos a tomar un jugo. Los eventos previos nos tenían a Renzo y a mi algo adormecidos; sin contar que estábamos en la edad en la que si mamá dice para ir a tomar jugos en una bodega de mala muerte, pues simplemente se va a tomar los dichosos jugos. Ella, con el ceño fruncido y más callada que de costumbre, miraba hacia delante y era dueña absoluta de sus pensamientos, mientras llevaba a sus dos cachorros, Renato y Renzo por alimento, cualquier alimento que pudiera darles; cualquier atención o cuidado que pudiera brindarles antes de enfrentarse con la sala de operaciones. Nuestro tercer hermano, Franco, nos acompañaba silencioso, aún sin conocernos, aún sin haber visto nuestro mundo, en la barriga de mi madre durmiendo su última siesta antes de saludar a la vida. Faltaban cuatro horas para la cesárea.

Bebimos sendos jugos, mientras mi madre observaba. En ese entonces, con tan pocos años (aunque me parecían demasiados en ese momento) mi mente infantil no comprendía que tal vez ella se estaba despidiendo de nosotros, mientras nos observaba conversar como si nada pasara, sonriendo mientras levantábamos con algo de esfuerzo nuestros vasos de jugo. Si algo salía mal, podría ser nuestro último momento juntos; una tercera operación de este tipo suele ser de cuidado. Tal vez pensaría en la madre que nunca conoció y lucharía por dentro para dominar el miedo a lo desconocido, a lo que pudiera pasar una vez que cerrara los ojos en ese quirófano; tal vez pensaría en Franco, su cuarto amor aún no conocido y tal vez incluso imaginaría la escena de película que le tocaría vivir cuando se lo enseñaran, ya nacido, por primera vez. Y, por supuesto, tal vez también pensaba en su vida y en su muerte.

No recuerdo a mi papá ese día. Seguramente estaba perdiendo el poco pelo que le quedaba coordinando la operación, ultimando detalles. Es más, el único recuerdo que tengo del nacimiento de mi hermano Franco es este. Luego, Renzo y yo seríamos llevados a la casa de la abuela, donde nos distrajimos con ella y los primos. No teníamos miedo, éramos niños tontos que no entendíamos. Si viviera ese momento de nuevo, me aferraría tanto a mi madre temiendo no volver a verla nunca más. Intentaría transmitirle la seguridad que no le transmití. La noche fue larga pero, nuevamente, no estábamos preocupados (al menos no concientemente). La cama de la abuela, asignada esa noche para nosotros no era nuestra, teníamos calor y escuchábamos ruidos extraños. Por momentos imaginábamos qué estaría pasando y repasábamos en nuestras cabezas los pasos de la operación que nuestro padre nos había explicado. No había riesgos y todo iba a estar bien, nos decía. Nosotros le creímos. Recuerdo una sensación que no he vuelto a tener después; es preocupación diluida en ansiedad, inocencia y sueño. ¿Cómo será Franco? ¿A cuál de los dos hermanos se parecerá más? Finalmente dormimos sin tener respuestas, mientras, más allá de nuestro sueño, nuestra madre daba a luz a nuestro hermano.

Al día siguiente parecía que todo había sido un sueño. El despertar viendo otro techo y el olor característico de la casa de la abuela nos indicaron que estábamos en la realidad. Nuestra tía nos dijo que todo estaba bien, que Franco ya era parte de este mundo y que mamá estaba bien. Quisimos ir a casa de inmediato y la encontramos llena de gente. Había llegado nuestra querida tía de Chiclayo con más primos…¿dónde está mi mamá? La encontramos ahí, bien como había prometido nuestro padre. Quisimos acercarnos a ella y darle el abrazo más grande del mundo pero nos detuvieron. La operación era de cuidado y ella estaba aún recuperándose. Estaba sentada en la sala, en camisón con una mano en la boca, indicándonos que no podía hablarnos. La observamos de lejos con sus alitas de ángel un tanto magulladas por el esfuerzo pero con una mirada que nos tranquilizó. Se había convertido en una orgullosa madre de 3 tontuelos. Mi padre, feliz pero aún mareado por una noche seguramente intensa nos invitó al cuarto contiguo a conocer al tan mentado Franco.

Y ahí lo vimos por primera vez. Dormía en una cunita muy estrecha. No pude decir si se parecía a Renzo o a mí, aunque por el color digamos que más a Renzo. El recuerdo de ese primer encuentro está claro: Franco vestía una piyama amarilla que tenía dos redondelas de orín, medias blancas que por supuesto le quedaban grandes y mucho pelo, rubio como de un choclo. Sudaba un poco y lo único que no recuerdo es si llevaba chupón en la boca o no. Se nos pidió hablar en susurros para no despertarlo. Nos contaron que todavía no había abierto un ojo pues había estado apoyado en una de las paredes del útero. Era un cachorro bastante feo, como todo recién nacido. Renato y Renzo, los dos compañeros de aventuras, nos quedamos mirando un buen rato a nuestro nuevo aliado. No nos hizo caso esa primera vez, continuó durmiendo en su nuevo mundo y se tomó el tiempo que quiso para abrir bien los ojos y observarnos con sus extraños ojos plomos.

Este 4 de febrero, mi hermano menor, Franco, cumple 18 años y no lo puedo creer. Aún está en mi mente ese primer encuentro y todos los recuerdos que tengo de él, haciéndolo dormir, ayudando a bañarlo y cambiarle los pañales, sus primeros pasos en casa de la Mimimi, sus peluches, las mil fotos que le tomaba, su carita llena de orgullo al encontrarnos en el colegio (él en primero de primaria y yo en quinto de secundaria) y decirle a todos sus amigos “ese es mi hermano Renato, el brigadier”, su primera comunión y su confirmación, donde yo fui un padrino ausente y Renzo un sustituto a la altura de las circunstancias, su graduación del cole y su primer día en la misma universidad que nosotros. Las ocho mil veces que se rompió la cabeza, sus anuncios falsos de que el almuerzo estaba listo, solo para llamar mi atención y la de Renzo…y mil cosas más de mi hermano pequeño. Si bien considero a Renzo mi mellizo, Franco siempre ha sido para mí como un ensayo de hijo. Lo quiero a morir y aún sigo sin creer que ya va a sacar su DNI.

Feliz cumple, Dufresne.

3 comentarios:

Lissa dijo...

Me has hecho llorar, está lindo!

Rin8 dijo...

Qué bueno que te gustó! :)

Anónimo dijo...

Realmente... bello!
Acabo de tener un flashback : unas ciertas chibolas de 5to muriéndose por darle un beso a Franquito, toda una ricura de mocoso jajaja! Quiénes serían esas locas...?!