Nunca quise una hija. Desde adolescente había fantaseado en cómo sería Facundo, mi primer hijo, mi heredero y el que más se iba a parecer a mi. Las niñas siempre me habían parecido tontas y chillonas; una molestia con aromas fétidos y rizos de cabello rubio que no ofrecían nada profundo. Recordaba que incluso estaría decepcionado si es que tenía una hija.
Tu madre no dejaba de hablar de una niña. La deseaba con todas sus fuerzas y yo simplemente la escuchaba, mientras se alistaba para entrar a la cama a soñar con su Camila. Yo la miraba con ojos entregados a su sonrisa y le agradecía en mi mente el simple hecho de estar ahí conmigo, amándome. Decidía que no importaba si eras niño o niña, pero en sueños te veía jugando a la pelota, con una rodilla llena de costras, con un maletín lleno de carritos de juguete y sabiendo que yo era tu superhéroe.
Y naciste tú, Camila. Hoy he entrado tembloroso a la habitación de tu madre, con los ojos nublados por lágrimas, a saludarte por primera vez. He vuelto a ver al amor de mi vida, a la mujer que se que seguiré amando más allá de la muerte sonreírme y tenerte cargada en brazos. “Es una niña”, me dice con voz quebradiza y yo entiendo claramente que Facundo y su juego de pelota pueden esperar un poco más. Todo mi ser es de cristal a medida que me aproximo a la cama donde está ese pedacito de cielo llamado Camila.
Te observo. Estás acurrucada besando el pecho de mamá mientras duermes como si nada importara, como si fuera un día más y no tu primer día como Camila. Tu madre te voltea y tú perezosamente abres esos ojitos redondos y me miras con desgano. Pienso que me miras como me gusta que me mire una mujer, con pocas ganas. Inmediatamente puedo ver el rostro de tu madre en cada expresión tuya, en el bostezo que diste apenas volteaste o en aquel débil tosido que retumbó en mi corazón y hasta me hizo retroceder un poco. Veo a tu madre y me veo a mi, impregnados en un nuevo ser que se mueve, nos observa y luego nos ignora un poco pues desde pequeña has sabido dejarnos a todos queriendo más de ti.
Ese día, cuando pude conocerte, desapareció todo mi temor de ser un mal padre, todo el temor de abandonar mi vida solitaria y dedicar mi vida a un nuevo ser. Ver tus ojos redondos observándome, reconociéndome tal vez de alguna vida pasada, cerrando tus deditos para abrazar el mío…todo eso me hizo dar cuenta de que desde ese día, viviría plenamente feliz sabiendo que tu corazón sigue latiendo, que tus ojos siguen viendo y que tu sonrisa sigue existiendo. Conocerte ese día me hizo entender que la espera había valido la pena y que el reino de mi corazón tenía por fin una princesita; un angelito adorable que correría por el castillo haciendo sonar sus zapatitos nuevos. Juré vivir para ti y protegerte mientras tuviera fuerzas. Juré divertirme haciéndolo y divertirte a ti también. Juré entregar mi alma entera para que no te doliera la primera caída, para que no llorases por ese primer chico, para que no peleases con tu mejor amiga. Juré velar por tus sueños y entrar en ellos para asegurarme de que todo lo que veas, pienses y sueñes esté a la altura de tu belleza. Juré proteger a mi angelito cachetón por toda la eternidad.
Hoy que recuerdo ese primer día se que puedo darle gracias sinceras a la vida. Tu y luego Facundo me han brindado placer y alegría desde que los conocí. Cada vez que veo en sus caritas una sonrisa, o escucho sus voces llamándome o simplemente siento sus pasitos los sábados por la mañana cuando entran en silencio para sorprendernos a tu mamá y a mi, me vuelvo a enamorar de estar vivo, de mamá y de ustedes. Cada vez que los veo, veo directamente a la felicidad.
Tu madre no dejaba de hablar de una niña. La deseaba con todas sus fuerzas y yo simplemente la escuchaba, mientras se alistaba para entrar a la cama a soñar con su Camila. Yo la miraba con ojos entregados a su sonrisa y le agradecía en mi mente el simple hecho de estar ahí conmigo, amándome. Decidía que no importaba si eras niño o niña, pero en sueños te veía jugando a la pelota, con una rodilla llena de costras, con un maletín lleno de carritos de juguete y sabiendo que yo era tu superhéroe.
Y naciste tú, Camila. Hoy he entrado tembloroso a la habitación de tu madre, con los ojos nublados por lágrimas, a saludarte por primera vez. He vuelto a ver al amor de mi vida, a la mujer que se que seguiré amando más allá de la muerte sonreírme y tenerte cargada en brazos. “Es una niña”, me dice con voz quebradiza y yo entiendo claramente que Facundo y su juego de pelota pueden esperar un poco más. Todo mi ser es de cristal a medida que me aproximo a la cama donde está ese pedacito de cielo llamado Camila.
Te observo. Estás acurrucada besando el pecho de mamá mientras duermes como si nada importara, como si fuera un día más y no tu primer día como Camila. Tu madre te voltea y tú perezosamente abres esos ojitos redondos y me miras con desgano. Pienso que me miras como me gusta que me mire una mujer, con pocas ganas. Inmediatamente puedo ver el rostro de tu madre en cada expresión tuya, en el bostezo que diste apenas volteaste o en aquel débil tosido que retumbó en mi corazón y hasta me hizo retroceder un poco. Veo a tu madre y me veo a mi, impregnados en un nuevo ser que se mueve, nos observa y luego nos ignora un poco pues desde pequeña has sabido dejarnos a todos queriendo más de ti.
Ese día, cuando pude conocerte, desapareció todo mi temor de ser un mal padre, todo el temor de abandonar mi vida solitaria y dedicar mi vida a un nuevo ser. Ver tus ojos redondos observándome, reconociéndome tal vez de alguna vida pasada, cerrando tus deditos para abrazar el mío…todo eso me hizo dar cuenta de que desde ese día, viviría plenamente feliz sabiendo que tu corazón sigue latiendo, que tus ojos siguen viendo y que tu sonrisa sigue existiendo. Conocerte ese día me hizo entender que la espera había valido la pena y que el reino de mi corazón tenía por fin una princesita; un angelito adorable que correría por el castillo haciendo sonar sus zapatitos nuevos. Juré vivir para ti y protegerte mientras tuviera fuerzas. Juré divertirme haciéndolo y divertirte a ti también. Juré entregar mi alma entera para que no te doliera la primera caída, para que no llorases por ese primer chico, para que no peleases con tu mejor amiga. Juré velar por tus sueños y entrar en ellos para asegurarme de que todo lo que veas, pienses y sueñes esté a la altura de tu belleza. Juré proteger a mi angelito cachetón por toda la eternidad.
Hoy que recuerdo ese primer día se que puedo darle gracias sinceras a la vida. Tu y luego Facundo me han brindado placer y alegría desde que los conocí. Cada vez que veo en sus caritas una sonrisa, o escucho sus voces llamándome o simplemente siento sus pasitos los sábados por la mañana cuando entran en silencio para sorprendernos a tu mamá y a mi, me vuelvo a enamorar de estar vivo, de mamá y de ustedes. Cada vez que los veo, veo directamente a la felicidad.
2 comentarios:
Amar sin guardarse nada.. que bello post! se lo envie a mi mama, mi hermana menor se llama Camila... a mi mama le encanto! saludos desde Ecuador!
Wow! Muchas gracias por tu comment! y que bueno que les haya gustado! :)
Publicar un comentario