El príncipe
"El mejor amigo es como tu alma gemela: Vive tu vida y la disfruta como propia… el mejor enemigo…¿será capaz de arrebatártela?"
El sol está a punto de desaparecer perezosamente en la calurosa tarde donde dos hombres y una mujer mantienen una conversación, hace ocho años. Zeta vive con sus padres y hermano a miles de kilómetros de este lugar y por ahora, se entretiene escapando de sus propios demonios y de su mala suerte incurable… pero lo dejaremos luchar solo por el momento (¡oye!)
- No se preocupe Latif, el muchacho es fiel y trabajador. De ninguna manera pasaría por su cabeza comportarse de manera inadecuada con esa agraciada niña que es su hija – un hombre regordete y de barba larga, sentado con las piernas cruzadas, en una alfombra, en medio de su gigantesca sala, habla, con una cortesía falsa, a otro hombre que lo mira con interés.
- Los modales de su hijo son bien conocidos por toda la comunidad, su majestad. Es su… su peculiar personalidad lo que me tiene preocupado – el segundo hombre no es tan corpulento, es mas bien delgado, y observa el elegante recinto con curiosidad y asombro.
- Pues si, tiene usted razón en eso – una mujer delgada, muy hermosa, de piel morena y cabello negro responde a Latif. Hace tronar los dedos para que aparezca, en seguida, una sirvienta con una fuente repleta de frutas frescas. Coge un racimo de uvas y se lo entrega con delicadeza. - Mi hijo puede ser a veces algo directo e incluso podría resultar ofensivo para aquellos que no se tomaran la molestia de intentar comprenderlo. Sin embargo, lo que vale en un esposo es su habilidad para complacer a su compañera y hacerla vivir bien.
- ¡Y eso es muy importante Latif! El chico contará con los recursos necesarios, especialmente económicos – dijo Yasser alzando un poco la voz – para llevar esta tarea a cabo.
- En efecto, mis amigos, no me cabe ninguna duda y se los agradezco, pero…
- Entonces no veo inconveniente alguno en que esta unión se adelante. Además, estamos seguros de que Shait sabrá comportarse cuando llegue el momento.
- Esperen ¡Mi esposa y yo aun no hemos conversado al respecto!
Alejado de esta conversación, un niño llamado Shait está sentado en una roca solitaria, embelesado mientras observa una revista que muestra fotos de ciudades extranjeras con majestuosas construcciones y personas que visten muy diferente a él. Su cuerpo, que ya casi es parte de esas lejanas ciudades, no se percata del excesivo calor, a pesar de que el sol está en su momento más majestuoso.
- ¡Príncipe Shait! ¡Su madre está buscándolo! – una niña aparece corriendo, al parecer muy cansada.
- No me digas príncipe, Geraldine, prometiste no hacerlo.
- No sabía si estabas solo… ¡Te he estado buscando por todas partes, hasta en la cueva donde murieron los gavilanes!
- Pero olvidaste buscarme aquí. He estado aquí toda la mañana – respondió el niño sonriente, sin dejar de observar su revista.
Shait vestía ropas muy elegantes, las cuales no eran adecuadas para el descampado lugar donde se encontraba. El polvo había manchado su túnica en la parte de los pies y el sol hacía brillar su collar de una manera molesta si se lo miraba de frente, de modo que la pequeña Geraldine tuvo que sentarse en la misma roca que él para poder ver su rostro. No había viento.
- Bueno Shait, tu mamá quiere verte – dijo Geraldine sonriendo ante los redondos ojos que la observaban con desgano.
- Si, ya lo se. Por eso vine aquí.
- ¿Acaso no quieres hablar con tu mamá? La gente del pueblo está alborotada porque dicen que ella y tu padre…
- ¡Ese señor no es mi padre! – interrumpió Shait, mas fuerte de lo necesario.
- Si, discúlpame. Yo lo olvidé.
- ¡Mi padre era mucho más valiente y fuerte que ese cerdo con el que mi madre se ha casado!
- Si, pero tienes que entender que él desapareció hace mucho tiempo – Geraldine hablaba apresuradamente para no ser interrumpida, pues sabía que Shait le gritaría – además, ahora ¡eres el príncipe de este lugar!
- A mi nadie me preguntó si quería ser príncipe – dijo Shait tristemente, mientras observaba como un gusano salía de la roca en la que estaban sentados.
- ¡Eres el único tonto que no quiere ser un príncipe!
- …
- ¿Shait?
- ¿Sabes para qué me busca mi madre acaso?
- Bueno, ella no me dice eso…
- El rey quiere adelantar la boda.
- Lo se – Geraldine había bajado la mirada – Pero al menos ya la conoces y sabes que es una buena chica.
- ¡Pero yo no me quiero casar con nadie, Geraldine!
Ambos se quedaron callados un momento. El viento de la tarde empezaba a soplar suavemente, el calor había disminuido pero seguía siendo sofocante. Shait mantenía la vista en el suelo, mientras pensaba en las figuras de su revista. Al fin regresó a su cuerpo cuando escuchó el traqueteo de ruedas que se acercaban.
- ¿Shait? Hijo, te hemos estado buscando por todo lados ¿por qué siempre tienes que venir a este lugar tan sucio? – la reina había llegado en un suntuoso carruaje hasta la solitaria roca de Shait – por favor, sube al carruaje que necesitamos hablar.
- Madre…¿no podemos hablar luego? Geraldine me está enseñando unos trucos de magia muy buenos – Shait sonreía zalameramente mientras hablaba con su madre y se le veía muy despierto.
- ¡Shait, esto es más importante que un tonto truco de magia! – dijo la reina y su rostro adoptó una expresión muy dura – y ya te he dicho que no debes jugar con la servidumbre. ¡Sube al carruaje en este instante!
La falsa sonrisa del príncipe desapareció instantáneamente. Se sacudió la túnica, se despidió solapadamente de su amiga (a la reina no le gustaría una despedida con abrazo o inclinación hacia una criada) y subió, con la cabeza gacha, al carruaje real. Su mirada se mantuvo hacia abajo gran parte del camino, hasta que recordó que había olvidado algo en su roca favorita: La revista de paisajes que tanto quería, el único escape que tenía hacia los mundos con los que siempre soñaba. Se había quedado ahí, en la parte de atrás de la roca. Geraldine no la vería y el sol malograría los colores. Ni siquiera pensó en pedir a su madre que regresaran, pues sabía que a un príncipe le estaba prohibido fantasear y estar leyendo revistas “inútiles”. Se resignó a llorar en silencio el resto del camino.
-----------------------------------------------------------------------------------------------
- ¡Zeta! ¡Ha venido a buscarte tu amigo! ¡Ese que se parece a ti!
- …
- ¡Zeta! ¡Caray! Este muchacho tiene el sueño muy pesado. ¡Pasa, pasa! Mi hijo está arriba, en su habitación. Despiértalo, no se molestará.
- Gracias señor… y mucho gusto en conocerlo.
- Si, si....límpialos con betún y luego sácales brillo!
¡Hola, habla Kun! Vaya, ese tipo que se parece a nosotros ha llegado. No sé porque Zeta lo invitó… y nosotros aquí, dormidos como lirones. Lo que pasa es que Zeta esta batallando con otro sueño: ¡El sueño de los cubos! En este emocionante sueño, nuestro héroe, Zeta, debe cargar cubos y formar con ellos una pirámide. El problema es que son demasiados cubos y Zeta nunca se ha caracterizado por comer bien… así que se cansa muy rápido y ¡bueno!… no debe tardar en despertar gritando desesperado. Y este chico no deja de observarlo, me pregunto que querrá.
- ¿Zeta? ¿Estás bien? – Al momento que escuché aquellas palabras, la pirámide de cubos que había armado con tanto esfuerzo, empezó a derrumbarse.
- Cubos… ¡MUCHOS CUBOS!
- ¿?
- ¿QUE? ¿QUIÉN ERES? ¿QUÉ HACES AQUÍ? ¡SOY YO! ¿SOY YO? ¿CÓMO PUEDE SER? ¡YO ESTOY MIRÁNDOME!
- ¡Tranquilo! ¡Zeta, soy Shait!
- ¿Sha, Shait?
- Sí ¿estas bien? Vine para estudiar matemáticas ¿recuerdas?
- Oh, sí…. Cielos, discúlpame por gritar. – En ese momento, me di cuenta de que estaba agarrando a Shait de los brazos, tal vez con demasiada fuerza. Había sudor en mi frente.
- No te preocupes… Oye ¿qué acaba de salir de tu cabeza? – Una pequeña mancha gris había salido disparada fuera de mi cráneo y se alejaba, indignada.
- Ah, es solo el sueño que acabo de tener, ya volverá (¡siempre regresan!)
Shait no dejaba de sorprenderme. Era muy amable conmigo. Siempre sonreía y no parecía estar disgustado nunca. En pocos días había conseguido ser uno de los más populares de la universidad sin hacer mucho esfuerzo. Parecía tener mucho éxito con las chicas, aparentemente sin proponérselo (y nosotros como tarados viendo como nos quita toda la mercancía…¡cállate Kun!) Tampoco entendía cómo se las arreglaba para ser tan bueno en matemáticas. En las clases siempre estaba dibujando paisajes sin prestar atención pero cuando le pedían resolver algún ejercicio en la pizarra, lo hacía como si se tratara de matemáticas escolares. Yo, por mi parte, era uno de los peores en toda la universidad cuando de números se trataba y como hasta ahora no había podido llevarme bien con mucha gente y además necesitaba mejorar en matemáticas (claro, si Zeta sigue sumando y restando con los dedos, ¡vaya perdedor!) creí que sería buena idea invitar a alguien a mi casa para que me explique… ¡y definitivamente no invitaría a Selene! (Lo que Zeta no quiere decir es que no invitó a Selene a casa porque…¡Te lo advierto Kun!)
- ¡No puedo hacerlo!
- ¡Si puedes Zeta! Veamos, ¿aquí no deberías poner un dos?
- ¿Sabes que? Creo que me he equivocado desde aquí. Este número es un tres ¿verdad?
- ¡Es un ocho!
- ¿Un ocho? Eso no es un ocho en ninguna parte del mundo, es un tres.
- Pues si es un tres, todo esta mal porque no puede salirte ciento cuatro de ninguna manera.
- ¿Sabes que? Tomemos un descanso. ¿Quieres tomar algo?
- ¿Tienes leche? Me fascina la leche.
- Bueno… aquí solo tomamos leche de Soya.
- Oh. Entonces un vaso de agua estará bien. – Shait pareció divertido pensando en la soya.
Bajamos a la cocina, donde mi padre envolvía una fuente de algo extraño (un guiso, seguramente) que no olía muy bien. Al vernos, se apresuró y salió casi empujándome de la cocina. Vestía un terno marrón (¡que parecía haber estado por años en el ropero!) y se había hecho una cola de caballo, en un intento por peinar el cabello largo que solo le crecía en la nuca.
- Huele extraño – dijo Shait, haciendo una mueca.
- Si, no se que tiene. Ese guiso lo está preparando desde ayer en la noche.
- ¡Pues parece que tiene una cita!
- ¿Una cita?
Mi padre no había tenido una cita en años. Tal vez eso explicaba su aspereza en estos últimos días. Recuerdo que el doctor me advirtió que mi padre podría experimentar cambios severos de comportamiento si iniciaba nuevas relaciones sociales. Una vez encontró un caracol en el parque cercano a nuestra casa y le puso Benjamín. Empezó a decir que eran los mejores amigos. Sin embargo, un día, Benjamín escapó aparentemente disgustado con la idea de mi padre de convertirlo en el primer caracol bala del mundo. Ahora debíamos dejarlo intentar una vez más, pero bajo supervisión continua del doctor.
- Papá... ¿vas a salir esta noche? – grité desde el umbral de la cocina hacia arriba, donde estaba las habitaciones mía, de mi hermano y de mi padre.
- ...
- ¡Papá!
- ¡¿QUÉ?!
- Eh, solo quería saber si ibas a salir esta noche
- Si....si Zeta voy a salir ¿qué hay con ello? – Mi padre respondía con voz nerviosa y apresurada.
- ¿A dónde iras?
- Eh....bueno yo... ¡Iré a ayudar a la señorita Margo con más cosas de la mudanza y le llevaré un delicioso guiso!
- Si seguro – le dije a Shait en voz baja – ella se mudó hace tres días y dijo q las cosas debían viajar juntas o daba “mala suerte” – hice un gesto burlón acerca de las supersticiones de la señorita Margo.
- La señorita Margo es muy amable – dijo Shait inmediatamente mientras sonreía.
- ¿Conoces a la señorita Margo?
- Así es. La conocí hoy mismo, justo antes de venir a tu casa. Es la que vive en la casa de enfrente y tiene un telescopio ¿verdad?
- No sabía que tuviera un telescopio. En fin, ella es la madre de Selene.
- Si, ella misma me lo dijo cuando estuvimos conversando.
- Shait, ¿cuánto tiempo estuviste conversando con la señorita Margo? – dije percibiendo con preocupación una molestia en mis palabras (¡celos!)
- Media hora más o menos. ¿Estás bien, Zeta?
- ¡Si claro! Era solo curiosidad (¡son celos he dicho!)…aquí tienes tu agua.
-----------------------------------------------------------------------------------------------
- Mamá, ¿qué es lo que sucede? ¿Que quiere ese señor esta vez?
- Tenemos que darte una noticia muy importante, y ya te dije que no es un señor, es el rey y tu nuevo padre.
- No me interesa, yo no quiero tener un nuevo pa...
En ese momento, el rey entró al salón donde se encontraban Shait y su madre, la reina. Se le veía muy complacido, con una sonrisa perezosa mientras observaba el techo elegantemente adornado con acabados de oro y cobre.
- Cierren la puerta y déjennos solos – los sirvientes que se encontraban en el recinto empezaron a salir ligeramente. La puerta quedó cerrada.
- Mujer, las tratativas para adelantar la boda de tu hijo han finalizado con éxito; Latif ha accedido y su hija ya ha sido informada.
- Excelente mi señor – la reina se acercó lentamente hacia la mejilla de su esposo para darle un silencioso beso.
- Entonces no se diga más. Tendrás que viajar lo antes posible para tu boda – dijo el rey a Shait.
- Pero yo no me quiero casar.
- Shait no seas malagradecido – la reina parecía nerviosa, impaciente por terminar la conversación – el rey ha tomado una decisión para tu beneficio, ¡no te puedes quejar!
- Pero madre, yo no quiero...
- Aquí no importa lo que tu quieras – el rey hablaba esta vez con voz más cortante y sonora – la decisión ha sido tomada y no me interesa si quieres o no, ¡te irás lo antes posible!
Shait abrió la boca para responder, pero los ojos de la reina quedaron clavados en él. No salieron palabras de su boca. Dio media vuelta y se dirigió a su habitación.
- Shait, ¡todo estaba planeado! – Geraldine entró corriendo muy agitada a la habitación del joven príncipe. Lo encontró echado en su cama boca abajo.
- ...
- Shait, ¡escuché todo! Estaba escondida ahí, cuando dijeron que adelantarían tu boda; cuando te fuiste el rey siguió hablando con tu madre y le advirtió que…
- No me interesa.
- ¡Si te interesa! El rey quiere deshacerte de ti porque no quiere que heredes la corona, ¡está haciendo esto para alejarte del reino!
- Te dije que no me interesaba. No quiero ser príncipe...ni mucho menos rey. Ni siquiera le importo a mi madre.
- ¡A ella si le importas! Tu madre está apresurando las cosas porque el rey ha amenazado con matarte. ¡La idea de casarte y enviarte lejos es de ella! ¿Acaso no lo sabes?
- ¿Entonces mi madre lo hace para protegerme?
- Exacto – Geraldine se veía menos agitada, satisfecha de haber sido entendida.
- ¡Pues yo puedo protegerme solo! Mi madre me traicionó al casarse con ese monstruo...¡a ella solo le importan las joyas y este estúpido castillo!
- Shait te equivocas...
El príncipe que no quería serlo salió apresurado de su habitación con Geraldine siguiéndolo preocupada. Había lágrimas en sus ojos, caminaba con los puños cerrados muy fuertemente. Se dirigió al establo.
- Dile a mi madre que puedo cuidarme solo, no la necesito.
- Pero ¿qué vas a hacer? ¡No puedes montar caballo sin supervisión! ¡Shait espera!
Se fue cabalgando desesperado, lo hacía muy bien para su edad. Al salir de los límites del palacio miró hacia atrás y prometió no volver más; al fin y al cabo, nadie lo quería en ese lugar y escapar haría todo más fácil. Llegó hasta su antigua casa; una pequeña y humilde casa que su padre construyó a las afueras del reino. Había estado abandonada desde que su madre se casó con el rey y Shait fue obligado a mudarse al palacio real. La observó un momento, como esperando que de ella saliera su padre para darle un fuerte abrazo y decirle que todo había sido una pesadilla y que él seguía estando a su lado. No sucedió nada. Usó su manga izquierda para limpiar un par de lágrimas y decidió entrar a dar un último vistazo. Amarró su caballo a un árbol cercano y empujó la vieja puerta que cedió inmediatamente. Observó el interior de la que había sido su casa. El polvo y la arena habían ingresado sin ser invitados y toda la casa había perdido su calidez. Recorrió todas las habitaciones hasta entrar a la suya. Abrió los ojos con asombro.
Un espejo que no conocía se encontraba al centro de su vacía habitación. Era un espejo de pie que prácticamente llegaba hasta el techo. Observó su majestuosidad y su reflejo. Las lágrimas le nublaban la vista; le dolía la cabeza por el calor de la tarde y aún no había brisa. Casi podría jurar que dentro del espejo había una imagen que no era su reflejo. Inmediatamente pensó en los paisajes de su revista favorita, tan reales, tan lejanos. Recordó a su madre, al rey y al futuro matrimonio que le esperaba. ¿Por qué lo querían enviar lejos? ¿Por qué tenían que elegir por él? ¿Acaso no importaba lo que él tuviera que decir al respecto? ¿Por qué no aparecía su padre y se lo llevaba lejos a vivir feliz? ¿Por qué, en vez de eso, se había marchado sólo, un día cualquiera y sin siquiera despedirse? Tenía el rostro lleno de lágrimas y sudor. Cerró los ojos con mucha fuerza. Quiero escapar, no quiero estar aquí ¡quiero desaparecer y poder ser feliz!
Ocho años después, el príncipe Shait estudiaba matemáticas con su nuevo amigo Zeta. Acababa de entrar al baño de la casa de este a lavarse las manos. Se quedó observando el espejo por un instante con una expresión distinta a la que Zeta y sus compañeros conocían. El espejo empezó a desvanecerse, mostrándole otra imagen, otra ciudad como las de su revista favorita.
- No más viajes, querido amigo. Después de tanto tiempo creo que al fin he encontrado mi nueva casa - Sonreía maliciosamente y observaba el espejo con ojos adormecidos.
"El mejor amigo es como tu alma gemela: Vive tu vida y la disfruta como propia… el mejor enemigo…¿será capaz de arrebatártela?"
El sol está a punto de desaparecer perezosamente en la calurosa tarde donde dos hombres y una mujer mantienen una conversación, hace ocho años. Zeta vive con sus padres y hermano a miles de kilómetros de este lugar y por ahora, se entretiene escapando de sus propios demonios y de su mala suerte incurable… pero lo dejaremos luchar solo por el momento (¡oye!)
- No se preocupe Latif, el muchacho es fiel y trabajador. De ninguna manera pasaría por su cabeza comportarse de manera inadecuada con esa agraciada niña que es su hija – un hombre regordete y de barba larga, sentado con las piernas cruzadas, en una alfombra, en medio de su gigantesca sala, habla, con una cortesía falsa, a otro hombre que lo mira con interés.
- Los modales de su hijo son bien conocidos por toda la comunidad, su majestad. Es su… su peculiar personalidad lo que me tiene preocupado – el segundo hombre no es tan corpulento, es mas bien delgado, y observa el elegante recinto con curiosidad y asombro.
- Pues si, tiene usted razón en eso – una mujer delgada, muy hermosa, de piel morena y cabello negro responde a Latif. Hace tronar los dedos para que aparezca, en seguida, una sirvienta con una fuente repleta de frutas frescas. Coge un racimo de uvas y se lo entrega con delicadeza. - Mi hijo puede ser a veces algo directo e incluso podría resultar ofensivo para aquellos que no se tomaran la molestia de intentar comprenderlo. Sin embargo, lo que vale en un esposo es su habilidad para complacer a su compañera y hacerla vivir bien.
- ¡Y eso es muy importante Latif! El chico contará con los recursos necesarios, especialmente económicos – dijo Yasser alzando un poco la voz – para llevar esta tarea a cabo.
- En efecto, mis amigos, no me cabe ninguna duda y se los agradezco, pero…
- Entonces no veo inconveniente alguno en que esta unión se adelante. Además, estamos seguros de que Shait sabrá comportarse cuando llegue el momento.
- Esperen ¡Mi esposa y yo aun no hemos conversado al respecto!
Alejado de esta conversación, un niño llamado Shait está sentado en una roca solitaria, embelesado mientras observa una revista que muestra fotos de ciudades extranjeras con majestuosas construcciones y personas que visten muy diferente a él. Su cuerpo, que ya casi es parte de esas lejanas ciudades, no se percata del excesivo calor, a pesar de que el sol está en su momento más majestuoso.
- ¡Príncipe Shait! ¡Su madre está buscándolo! – una niña aparece corriendo, al parecer muy cansada.
- No me digas príncipe, Geraldine, prometiste no hacerlo.
- No sabía si estabas solo… ¡Te he estado buscando por todas partes, hasta en la cueva donde murieron los gavilanes!
- Pero olvidaste buscarme aquí. He estado aquí toda la mañana – respondió el niño sonriente, sin dejar de observar su revista.
Shait vestía ropas muy elegantes, las cuales no eran adecuadas para el descampado lugar donde se encontraba. El polvo había manchado su túnica en la parte de los pies y el sol hacía brillar su collar de una manera molesta si se lo miraba de frente, de modo que la pequeña Geraldine tuvo que sentarse en la misma roca que él para poder ver su rostro. No había viento.
- Bueno Shait, tu mamá quiere verte – dijo Geraldine sonriendo ante los redondos ojos que la observaban con desgano.
- Si, ya lo se. Por eso vine aquí.
- ¿Acaso no quieres hablar con tu mamá? La gente del pueblo está alborotada porque dicen que ella y tu padre…
- ¡Ese señor no es mi padre! – interrumpió Shait, mas fuerte de lo necesario.
- Si, discúlpame. Yo lo olvidé.
- ¡Mi padre era mucho más valiente y fuerte que ese cerdo con el que mi madre se ha casado!
- Si, pero tienes que entender que él desapareció hace mucho tiempo – Geraldine hablaba apresuradamente para no ser interrumpida, pues sabía que Shait le gritaría – además, ahora ¡eres el príncipe de este lugar!
- A mi nadie me preguntó si quería ser príncipe – dijo Shait tristemente, mientras observaba como un gusano salía de la roca en la que estaban sentados.
- ¡Eres el único tonto que no quiere ser un príncipe!
- …
- ¿Shait?
- ¿Sabes para qué me busca mi madre acaso?
- Bueno, ella no me dice eso…
- El rey quiere adelantar la boda.
- Lo se – Geraldine había bajado la mirada – Pero al menos ya la conoces y sabes que es una buena chica.
- ¡Pero yo no me quiero casar con nadie, Geraldine!
Ambos se quedaron callados un momento. El viento de la tarde empezaba a soplar suavemente, el calor había disminuido pero seguía siendo sofocante. Shait mantenía la vista en el suelo, mientras pensaba en las figuras de su revista. Al fin regresó a su cuerpo cuando escuchó el traqueteo de ruedas que se acercaban.
- ¿Shait? Hijo, te hemos estado buscando por todo lados ¿por qué siempre tienes que venir a este lugar tan sucio? – la reina había llegado en un suntuoso carruaje hasta la solitaria roca de Shait – por favor, sube al carruaje que necesitamos hablar.
- Madre…¿no podemos hablar luego? Geraldine me está enseñando unos trucos de magia muy buenos – Shait sonreía zalameramente mientras hablaba con su madre y se le veía muy despierto.
- ¡Shait, esto es más importante que un tonto truco de magia! – dijo la reina y su rostro adoptó una expresión muy dura – y ya te he dicho que no debes jugar con la servidumbre. ¡Sube al carruaje en este instante!
La falsa sonrisa del príncipe desapareció instantáneamente. Se sacudió la túnica, se despidió solapadamente de su amiga (a la reina no le gustaría una despedida con abrazo o inclinación hacia una criada) y subió, con la cabeza gacha, al carruaje real. Su mirada se mantuvo hacia abajo gran parte del camino, hasta que recordó que había olvidado algo en su roca favorita: La revista de paisajes que tanto quería, el único escape que tenía hacia los mundos con los que siempre soñaba. Se había quedado ahí, en la parte de atrás de la roca. Geraldine no la vería y el sol malograría los colores. Ni siquiera pensó en pedir a su madre que regresaran, pues sabía que a un príncipe le estaba prohibido fantasear y estar leyendo revistas “inútiles”. Se resignó a llorar en silencio el resto del camino.
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- ¡Zeta! ¡Ha venido a buscarte tu amigo! ¡Ese que se parece a ti!
- …
- ¡Zeta! ¡Caray! Este muchacho tiene el sueño muy pesado. ¡Pasa, pasa! Mi hijo está arriba, en su habitación. Despiértalo, no se molestará.
- Gracias señor… y mucho gusto en conocerlo.
- Si, si....límpialos con betún y luego sácales brillo!
¡Hola, habla Kun! Vaya, ese tipo que se parece a nosotros ha llegado. No sé porque Zeta lo invitó… y nosotros aquí, dormidos como lirones. Lo que pasa es que Zeta esta batallando con otro sueño: ¡El sueño de los cubos! En este emocionante sueño, nuestro héroe, Zeta, debe cargar cubos y formar con ellos una pirámide. El problema es que son demasiados cubos y Zeta nunca se ha caracterizado por comer bien… así que se cansa muy rápido y ¡bueno!… no debe tardar en despertar gritando desesperado. Y este chico no deja de observarlo, me pregunto que querrá.
- ¿Zeta? ¿Estás bien? – Al momento que escuché aquellas palabras, la pirámide de cubos que había armado con tanto esfuerzo, empezó a derrumbarse.
- Cubos… ¡MUCHOS CUBOS!
- ¿?
- ¿QUE? ¿QUIÉN ERES? ¿QUÉ HACES AQUÍ? ¡SOY YO! ¿SOY YO? ¿CÓMO PUEDE SER? ¡YO ESTOY MIRÁNDOME!
- ¡Tranquilo! ¡Zeta, soy Shait!
- ¿Sha, Shait?
- Sí ¿estas bien? Vine para estudiar matemáticas ¿recuerdas?
- Oh, sí…. Cielos, discúlpame por gritar. – En ese momento, me di cuenta de que estaba agarrando a Shait de los brazos, tal vez con demasiada fuerza. Había sudor en mi frente.
- No te preocupes… Oye ¿qué acaba de salir de tu cabeza? – Una pequeña mancha gris había salido disparada fuera de mi cráneo y se alejaba, indignada.
- Ah, es solo el sueño que acabo de tener, ya volverá (¡siempre regresan!)
Shait no dejaba de sorprenderme. Era muy amable conmigo. Siempre sonreía y no parecía estar disgustado nunca. En pocos días había conseguido ser uno de los más populares de la universidad sin hacer mucho esfuerzo. Parecía tener mucho éxito con las chicas, aparentemente sin proponérselo (y nosotros como tarados viendo como nos quita toda la mercancía…¡cállate Kun!) Tampoco entendía cómo se las arreglaba para ser tan bueno en matemáticas. En las clases siempre estaba dibujando paisajes sin prestar atención pero cuando le pedían resolver algún ejercicio en la pizarra, lo hacía como si se tratara de matemáticas escolares. Yo, por mi parte, era uno de los peores en toda la universidad cuando de números se trataba y como hasta ahora no había podido llevarme bien con mucha gente y además necesitaba mejorar en matemáticas (claro, si Zeta sigue sumando y restando con los dedos, ¡vaya perdedor!) creí que sería buena idea invitar a alguien a mi casa para que me explique… ¡y definitivamente no invitaría a Selene! (Lo que Zeta no quiere decir es que no invitó a Selene a casa porque…¡Te lo advierto Kun!)
- ¡No puedo hacerlo!
- ¡Si puedes Zeta! Veamos, ¿aquí no deberías poner un dos?
- ¿Sabes que? Creo que me he equivocado desde aquí. Este número es un tres ¿verdad?
- ¡Es un ocho!
- ¿Un ocho? Eso no es un ocho en ninguna parte del mundo, es un tres.
- Pues si es un tres, todo esta mal porque no puede salirte ciento cuatro de ninguna manera.
- ¿Sabes que? Tomemos un descanso. ¿Quieres tomar algo?
- ¿Tienes leche? Me fascina la leche.
- Bueno… aquí solo tomamos leche de Soya.
- Oh. Entonces un vaso de agua estará bien. – Shait pareció divertido pensando en la soya.
Bajamos a la cocina, donde mi padre envolvía una fuente de algo extraño (un guiso, seguramente) que no olía muy bien. Al vernos, se apresuró y salió casi empujándome de la cocina. Vestía un terno marrón (¡que parecía haber estado por años en el ropero!) y se había hecho una cola de caballo, en un intento por peinar el cabello largo que solo le crecía en la nuca.
- Huele extraño – dijo Shait, haciendo una mueca.
- Si, no se que tiene. Ese guiso lo está preparando desde ayer en la noche.
- ¡Pues parece que tiene una cita!
- ¿Una cita?
Mi padre no había tenido una cita en años. Tal vez eso explicaba su aspereza en estos últimos días. Recuerdo que el doctor me advirtió que mi padre podría experimentar cambios severos de comportamiento si iniciaba nuevas relaciones sociales. Una vez encontró un caracol en el parque cercano a nuestra casa y le puso Benjamín. Empezó a decir que eran los mejores amigos. Sin embargo, un día, Benjamín escapó aparentemente disgustado con la idea de mi padre de convertirlo en el primer caracol bala del mundo. Ahora debíamos dejarlo intentar una vez más, pero bajo supervisión continua del doctor.
- Papá... ¿vas a salir esta noche? – grité desde el umbral de la cocina hacia arriba, donde estaba las habitaciones mía, de mi hermano y de mi padre.
- ...
- ¡Papá!
- ¡¿QUÉ?!
- Eh, solo quería saber si ibas a salir esta noche
- Si....si Zeta voy a salir ¿qué hay con ello? – Mi padre respondía con voz nerviosa y apresurada.
- ¿A dónde iras?
- Eh....bueno yo... ¡Iré a ayudar a la señorita Margo con más cosas de la mudanza y le llevaré un delicioso guiso!
- Si seguro – le dije a Shait en voz baja – ella se mudó hace tres días y dijo q las cosas debían viajar juntas o daba “mala suerte” – hice un gesto burlón acerca de las supersticiones de la señorita Margo.
- La señorita Margo es muy amable – dijo Shait inmediatamente mientras sonreía.
- ¿Conoces a la señorita Margo?
- Así es. La conocí hoy mismo, justo antes de venir a tu casa. Es la que vive en la casa de enfrente y tiene un telescopio ¿verdad?
- No sabía que tuviera un telescopio. En fin, ella es la madre de Selene.
- Si, ella misma me lo dijo cuando estuvimos conversando.
- Shait, ¿cuánto tiempo estuviste conversando con la señorita Margo? – dije percibiendo con preocupación una molestia en mis palabras (¡celos!)
- Media hora más o menos. ¿Estás bien, Zeta?
- ¡Si claro! Era solo curiosidad (¡son celos he dicho!)…aquí tienes tu agua.
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- Mamá, ¿qué es lo que sucede? ¿Que quiere ese señor esta vez?
- Tenemos que darte una noticia muy importante, y ya te dije que no es un señor, es el rey y tu nuevo padre.
- No me interesa, yo no quiero tener un nuevo pa...
En ese momento, el rey entró al salón donde se encontraban Shait y su madre, la reina. Se le veía muy complacido, con una sonrisa perezosa mientras observaba el techo elegantemente adornado con acabados de oro y cobre.
- Cierren la puerta y déjennos solos – los sirvientes que se encontraban en el recinto empezaron a salir ligeramente. La puerta quedó cerrada.
- Mujer, las tratativas para adelantar la boda de tu hijo han finalizado con éxito; Latif ha accedido y su hija ya ha sido informada.
- Excelente mi señor – la reina se acercó lentamente hacia la mejilla de su esposo para darle un silencioso beso.
- Entonces no se diga más. Tendrás que viajar lo antes posible para tu boda – dijo el rey a Shait.
- Pero yo no me quiero casar.
- Shait no seas malagradecido – la reina parecía nerviosa, impaciente por terminar la conversación – el rey ha tomado una decisión para tu beneficio, ¡no te puedes quejar!
- Pero madre, yo no quiero...
- Aquí no importa lo que tu quieras – el rey hablaba esta vez con voz más cortante y sonora – la decisión ha sido tomada y no me interesa si quieres o no, ¡te irás lo antes posible!
Shait abrió la boca para responder, pero los ojos de la reina quedaron clavados en él. No salieron palabras de su boca. Dio media vuelta y se dirigió a su habitación.
- Shait, ¡todo estaba planeado! – Geraldine entró corriendo muy agitada a la habitación del joven príncipe. Lo encontró echado en su cama boca abajo.
- ...
- Shait, ¡escuché todo! Estaba escondida ahí, cuando dijeron que adelantarían tu boda; cuando te fuiste el rey siguió hablando con tu madre y le advirtió que…
- No me interesa.
- ¡Si te interesa! El rey quiere deshacerte de ti porque no quiere que heredes la corona, ¡está haciendo esto para alejarte del reino!
- Te dije que no me interesaba. No quiero ser príncipe...ni mucho menos rey. Ni siquiera le importo a mi madre.
- ¡A ella si le importas! Tu madre está apresurando las cosas porque el rey ha amenazado con matarte. ¡La idea de casarte y enviarte lejos es de ella! ¿Acaso no lo sabes?
- ¿Entonces mi madre lo hace para protegerme?
- Exacto – Geraldine se veía menos agitada, satisfecha de haber sido entendida.
- ¡Pues yo puedo protegerme solo! Mi madre me traicionó al casarse con ese monstruo...¡a ella solo le importan las joyas y este estúpido castillo!
- Shait te equivocas...
El príncipe que no quería serlo salió apresurado de su habitación con Geraldine siguiéndolo preocupada. Había lágrimas en sus ojos, caminaba con los puños cerrados muy fuertemente. Se dirigió al establo.
- Dile a mi madre que puedo cuidarme solo, no la necesito.
- Pero ¿qué vas a hacer? ¡No puedes montar caballo sin supervisión! ¡Shait espera!
Se fue cabalgando desesperado, lo hacía muy bien para su edad. Al salir de los límites del palacio miró hacia atrás y prometió no volver más; al fin y al cabo, nadie lo quería en ese lugar y escapar haría todo más fácil. Llegó hasta su antigua casa; una pequeña y humilde casa que su padre construyó a las afueras del reino. Había estado abandonada desde que su madre se casó con el rey y Shait fue obligado a mudarse al palacio real. La observó un momento, como esperando que de ella saliera su padre para darle un fuerte abrazo y decirle que todo había sido una pesadilla y que él seguía estando a su lado. No sucedió nada. Usó su manga izquierda para limpiar un par de lágrimas y decidió entrar a dar un último vistazo. Amarró su caballo a un árbol cercano y empujó la vieja puerta que cedió inmediatamente. Observó el interior de la que había sido su casa. El polvo y la arena habían ingresado sin ser invitados y toda la casa había perdido su calidez. Recorrió todas las habitaciones hasta entrar a la suya. Abrió los ojos con asombro.
Un espejo que no conocía se encontraba al centro de su vacía habitación. Era un espejo de pie que prácticamente llegaba hasta el techo. Observó su majestuosidad y su reflejo. Las lágrimas le nublaban la vista; le dolía la cabeza por el calor de la tarde y aún no había brisa. Casi podría jurar que dentro del espejo había una imagen que no era su reflejo. Inmediatamente pensó en los paisajes de su revista favorita, tan reales, tan lejanos. Recordó a su madre, al rey y al futuro matrimonio que le esperaba. ¿Por qué lo querían enviar lejos? ¿Por qué tenían que elegir por él? ¿Acaso no importaba lo que él tuviera que decir al respecto? ¿Por qué no aparecía su padre y se lo llevaba lejos a vivir feliz? ¿Por qué, en vez de eso, se había marchado sólo, un día cualquiera y sin siquiera despedirse? Tenía el rostro lleno de lágrimas y sudor. Cerró los ojos con mucha fuerza. Quiero escapar, no quiero estar aquí ¡quiero desaparecer y poder ser feliz!
Ocho años después, el príncipe Shait estudiaba matemáticas con su nuevo amigo Zeta. Acababa de entrar al baño de la casa de este a lavarse las manos. Se quedó observando el espejo por un instante con una expresión distinta a la que Zeta y sus compañeros conocían. El espejo empezó a desvanecerse, mostrándole otra imagen, otra ciudad como las de su revista favorita.
- No más viajes, querido amigo. Después de tanto tiempo creo que al fin he encontrado mi nueva casa - Sonreía maliciosamente y observaba el espejo con ojos adormecidos.
2 comentarios:
Buena eh!!
Justo como imaginé el final (y sí, sin cafetería).
Muchas gracias! jaja bueno, la cafetería no fue necesaria, no entraba en el juego de líneas de tiempo que estaba usando XD
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