3 de enero de 2010

Parado de cabeza

El 1ero de enero, entre San Bartolo y Santa María, estaba conversando con TT sobre cualquier cosa, mientras esperábamos que el restaurante “Rocío” terminara de preparar la comida para los 13 hambrientos comensales que recibimos el nuevo año juntos. Después de entrar al carro solo para conversar tranquilos y prepagar al cuidador de carros – un viejito con una extraña y enorme nariz – recordé, entre otras cosas, cuando aprendí a pararme de cabeza.


En el colegio Santísimo Nombre de Jesús yo era el mejor alumno de mi clase y también de mi promoción. Podía tener algún rival eventual pero mi configuración cerebral y la férrea determinación de mi madre hacían que los venciera en triunfales y cinematográficas batallas de matemáticas, lenguaje, inglés, etc, etc. Durante mis primeros 3 años escolares, el “Santísimo” tuvo en mí al futuro representante del movimiento nerd de Lima.

Complementando esa realidad, mis habilidades deportivas estaban por debajo del cero absoluto, congeladas y aún inexploradas. Formaba parte de la selección de soccer, pero nunca toqué la pelota en un partido oficial. Formé parte de la selección de basquet, pero no recuerdo nada. Tengo una foto bien peinado, con el buzo del cole, una pelota a mis pies y el cuello repleto de medallas. Esa foto engaña a todas las tías que la ven cuando es enseñada. Seguramente Renatito era un gran deportista.

Sin embargo, las habilidades en gimnasia, sorprendentemente, no parecieron ser nulas del todo y eso adelantaría mi gusto posterior por maratones y gimnasios. Recuerdo claramente la clase de gimnasia donde debíamos pararnos de cabeza. Las colchonetas estaban dispuestas en el patio de primaria y debíamos pasar uno por uno a intentar la proeza de mantener el equilibrio usando no nuestros acostumbrados pies sino nuestra cabeza y manos, de modo que formáramos una base que sostenga nuestros cuerpos de entre 6 y 7 años. Era un invierno limeño como todos, gris y con ese frío líquido característico de la humedad de nuestra ciudad. La fila avanzó con algunos pocos triunfos de algunos compañeros mientras el profesor nos recibía arrodillado y ayudaba a mantener nuestro equilibrio. Casi nadie lo estaba logrando.

De pronto me tocaba a mí. Corrí sin muchas expectativas hacia la colchoneta y noté que no tenía miedo ni ansiedad. Observaba la colchoneta y al profesor y el objetivo que se iba acercando. De pronto, mis brazos se estiraron naturalmente y mi cabeza se inclinó. Sentí como mis pies se elevaban por mi propia fuerza y las manos del profesor sosteniendo mis tobillos. Abrí los ojos y contemplé a mi mundo escolar de cabeza. Mis compañeros de la fila sonreían y aplaudían. Lo había conseguido en el primer intento. Recibí las felicitaciones del profesor y el consejo de mantener los brazos en 90 grados, para garantizar un máximo equilibrio. Luego de eso, volví a la fila y repetí mi hazaña cada vez que me tocó hacerlo.

A partir de ese momento, y luego de mostrarlo repetidas veces a mis complacidos padres que veían a su dientón hijo tan contento y a mi gordito hermano tan sorprendido, decidí perfeccionar el arte de pararse de cabeza. Es así como cada día, al volver del colegio, corría hacia mi cama con una sonrisa en los labios, saltaba como gimnasta japonés profesional y me paraba de cabeza. Permanecía parado de cabeza hasta que me llamaban a almorzar. Más adelante, me paraba de cabeza cada vez que estaba aburrido o mientras veía televisión con mi hermano. Empecé a inventar variantes como doblar las piernas como un hindú en plena meditación. Luego dejé de usar mis brazos como apoyo pues la pared sostenía mis pies. Al final logré cruzar brazos y piernas mientras veía televisión por horas. Mi mamá ya temía alguna lesión al cuello pero veía divertida como su hijo mayor andaba de cabeza más tiempo del que andaba de pies.

Eventualmente me cambiarían de cole y es complicado para mi recordar cuándo terminó mi temporada de pararme de cabeza. Tal vez tuvo que ver la clase de pararse de manos, donde descubrí que sin mi cabeza como sostén mi carrera atlética enfrentaría problemas. Seguramente fui perdiendo la costumbre o nació Franco o tuvimos un perro o que se yo. El tema es que casi 20 años después de la primera vez que me paré de cabeza acabo de volver a hacerlo y he comprobado que esas cosas nunca se olvidan. A pesar de aguantar mucho menos tiempo esta vez, pude recordar la gratificante sensación de tener el mundo al revés, de sentir como los pies se estiran y juegan en el aire mientras la cabeza es presionada levemente y los abrazos sostienen gran parte del cuerpo. Es genial estirarse en esa posición y luego encogerse y luego volverse a estirar.


5 comentarios:

Unknown dijo...

Me gustó! Yo con las justas y ando con los pies sobre la tierra...

Rin8 dijo...

gracias por el apoyo! :)

Anónimo dijo...

Yo lamenté que no hubieran clases de gimnasia en el rosario, quiero decir gimnasia de verdad.

Si te veo la próxima exigiré que te pares de cabeza para ver si es verdad lo que escribes, ja.

También lamento que en nuestro colegio no enseñaran artes marciales T_T Una lástima, perdimos a un Bruce Lee.

La semana pasada llevé a mi hermano a mis clases de JiuJitsu (Renato hace TaeKwonDo) y... lo ahorqué hasta el cansancio, jojojo.


Jorge A. Baudouin

Rin8 dijo...

Si se! jaja. La vez pasada tu hermano estaba molesto xq un pata de TaeKwonDo se maleó con él, de hecho te contó.

Kokyjabn dijo...

Mataré a ese tipo... iré con el a la clase, "para probar", le diré para probar "lucha de llaves" y le daré vuelta como cordero degollado; pobre Renato, el solo va la iglesia y bebe una que otra copita con Renzo y Pablo como los sacerdotes con su vino de iglesia XD... así de santo es u.u