27 de diciembre de 2009

Un buen Amigo

Este cuento lo escribí a los 16 años...allá en 1999. Ganó un concurso del cole y he tenido el cuidado de guardarlo. Ahora que lo releo...¡es pésimo! Me da vergüenza leer algunos pedazos y aunque recuerdo casi todo a medida que mis ojos van desempolvando cada palabra, son claros (al menos para mi) los plagios de otras obras o momentos, las frases cliché y la necesidad de que todo funcione, que las palabras fuercen a los sentimientos. Ahora tengo la creencia de que el arte genera diferentes sentimientos en quien lo recibe, nunca es igual para nadie. Lo cierto es que a mi hoy por hoy este me genera vergüenza...pero a la vez mucho orgullo pues es divertido y nostálgico ver la transformación del estilo. Cómo era antes y cómo es ahora. Cómo todo cambia. Cómo antes me gustaba y como ahora ya no tanto. ¿Qué tanto de lo que escribo hoy me avergonzará en el futuro? espero que la mayor parte, para poder decir satisfecho que la transformación nunca se va a detener.

Aquí el cuento. El "amigo" es un plagio del Dr. Cavor, uno de los personajes de "Los primeros hombres en la Luna" de H.G Wells:


Talvez hoy solo me atreva a hablar de esto porque estoy borracho… en realidad no estoy borracho ni nada, solo finjo estarlo para poder hablar y a la vez estar tranquilo con mi conciencia; no he tomado una sola gota de alcohol en meses y creo que eso es bueno, pero estoy muy nervioso. Tengo miedo porque, en este momento, voy a contar la historia que me ha sostenido durante toda mi vida y creo que si la cuento su magia ya no me servirá más.

Recuerdo que una vez juré, con lágrimas en los ojos, que nunca iba a hablar de él; talvez mis amigos si lo hayan hecho, pero eso no me importa. Tomé la firme determinación de que de mi boca no saldría una palabra relacionada con su vida o su muerte.

Pero hoy los tiempos han cambiado, las cosas se han hecho cada vez más difíciles para todos, la gente se ha vuelto mala y ya nadie cree en la magia o en los milagros. Todos son unos idiotas. Si tan solo lo hubiesen conocido… Así que me parece extremadamente egoísta de mi parte guardar su historia y no compartirla con gente que necesita, urgentemente, volver a sonreír.

La historia que voy a contar ahora trata de un ser humano único que apareció un día en mi vida y la cambió para siempre. Si pudiera dibujarme antes de conocerlo, me pintaría de blanco y negro solamente, sería un “gris” pero si me dibujara después de conocerlo mi cabello no podría ser más negro ni mi sangre, más roja.

Éramos buenos amigos, pero jamás hablé de él, hasta ahora… Realmente, un tipo raro, muy delgado y tan pálido como una nube en primavera. Siempre vestía mal, tal vez como protesta ante las personas de color gris; de hecho, todo lo referente a los grises le incomodaba. Por ejemplo, nunca usaba reloj, decía que no le encontraba sentido al hecho de vivir controlado por un “maldito aparatito”. Siempre nos repetía que el tiempo se disfrutaba mejor si no se sabía “cuando” se estaba.

Familia: cero. Nadie recuerda haber visto nunca una foto o una carta de algún familiar; es obvio que tuvo familia, aunque sea una tía lejana debió haber tenido, pero nunca mencionó a nadie y nosotros tampoco nos preocupamos por saber quien pudo ser el origen de un ser tan singular, solo nos importaba que ahí estaba. Su departamento reflejaba fielmente su forma de ser, un tipo totalmente desubicado, desordenado y en cierto modo muy gracioso, era gracioso no por que contase buenos chistes, sino por la expresión de su rostro y las reacciones que tenía cada vez que algo le salía mal, lo cual ocurría muy a menudo…

El hecho de no saber su nombre, ahora me intriga; y es que hablábamos tanto… creo que nunca quisimos preguntárselo, ya que pensábamos que un ser así no debía llevar nombre, darle un nombre hubiera sido encasillarlo en un grupo de letras, hubiéramos destruido la libertad de su alma, ningún nombre hubiera sido merecedor de tenerlo como dueño, es que era tan mágico, tan misterioso…

Siempre tenía una pregunta, quería saber el porqué de cada cosa que veía y muchas veces quedábamos fascinados con la profundidad e inocencia de sus preguntas, preguntas sobre cosas de las que nosotros nunca nos habíamos percatado, pero que allí estaban y no les dábamos importancia. Y él sí.

El no tener familia alguna, lo hacía más amigable y comprensivo con todos, entre sus hazañas están el haber logrado convencer a Juan para que estudiara y dejase de vender periódicos en las calles; hacer que María y Luis siguieran juntos, a pesar de la oposición de sus padres; y organizar junto con Don Aníbal la chocolatada para los niños pobres del barrio en Navidad. Por eso y por muchas otras cosas, su adiós no será fácilmente aceptado. Doña Rosa (siempre hay una doña Rosa en este tipo de cuentos) lo quería como al hijo que hubiese podido tener si no hubiera sufrido ese accidente en la Javier Prado…

A mí me lo contó Gustavo, ocurrió un año antes de que yo me mudara a ese barrio. Era una noche muy lluviosa y todos se habían reunido en la casa de Don Aníbal para escapar del frío de esa época y para ver el partido entre el por ese tiempo glorioso Muni y el Ciclista Lima, equipo donde jugaba el sobrino de Don Aníbal. Eran las nueve y media y el partido estaba a punto de terminar, cuando llegó totalmente empapado Martín, el diz que guachimán del barrio, gritando que Doña Rosa acababa de tener un accidente en la avenida hace unos minutos. Todos se quedaron paralizados por la ingrata sorpresa y luego corrieron a ver que podían hacer. La pobre señora estaba tirada en medio de la pista boca abajo clamando por ayuda y llorando con ese llanto que según Gustavo mezclaba rabia, pánico y dolor. La ambulancia llegó diez minutos después y se llevaron a Doña Rosa al hospital más cercano. Horas después llamaron a la casa de Don Aníbal, donde todos seguían reunidos, para informar que la señora se había salvado, pero que el pequeño paquetito de dicha que llevaba en su vientre ya no estaría mas, producto de un borracho imbécil. Pasaron muchos meses para que Doña Rosa se recuperara, y no del todo, por que el pequeño bastón que usa para caminar le recordará esa noche helada y esa pérdida por el resto de su vida. Pero cuando llegó nuestro confundido amigo, la sonrisa y la alegría de esta buena mujer volvieron a nacer.

Recuerdo ahora, la primera vez que lo vi, caminando confundidamente por en medio de la pista con un arrugado papel en la mano, tratando de encontrar la dirección de su nuevo apartamento, dando vueltas, como si estuviera viendo doble. Llevaba puesta una de esas ridículas boinas que ya no se usan y un saco marrón con esos elegantes parches en los codos, pero que le quedaba muy chico, abajo tenía puesta una camisa blanca totalmente y unos pantalones algo grises que dejaban ver, por su tamaño, las medias negras de algodón que terminaban en unos zapatos que alguna vez habrían sido marrones, pero que ahora presentaban un raro color indefinido.

Fue la única vez que me preguntó la hora y fue la única vez que lo vi tan inseguro, con miedo de las personas y mirando siempre a ambos lados al caminar; yo, con esa personalidad estúpida que me caracteriza cuando me encuentro en situación de ayudar a alguien que no conozco, dije con actitud fría y cortante:

- Consigue tu propio reloj, loco inmundo.

Me miró primero, algo confuso, pues creo que no se esperaba tal respuesta, luego, se arregló el pequeño saco, sacó su pañuelo, se sonó la nariz y me dijo con voz muy cálida:

- Lamento haberlo molestado, amigo, yo solo quería saber “cuándo” estaba…

Y se fue, dejándome paralizado por la calidez de sus palabras y por la vergüenza infinita que sentí al haber respondido de forma tan animal, me quedé pensando en lo que me dijo, “cuándo” estaba… que rara manera de concebir el tiempo, pero a la vez muy ideal… inmediatamente traté de llamarlo para disculparme, pero su torpe figura ya no se veía por la calle y el helado chorro de agua que caía de mi manguera al jardín había terminado por salpicarme los pantalones y la gente ya me comenzaba a ver de manera burlona, y yo ahí estupefacto.

Al día siguiente, me desperté mas temprano de lo normal pues no podía dejar de pensar en ese singular tipo de la hora; salí a hacer algo de ejercicio, y ahí estaba él, saliendo con su buzo desteñido, del bonito edificio que acababan de construir justo a la mitad de la cuadra y preparándose para correr un poco. Cuando lo vi no me pude contener y corrí hacia él, saltando de manera espectacular la cerca del señor Gutiérrez y dejando mi puerta abierta; me vio y se detuvo, y cuando por fin llegué hacia él, le dije:

- Son las siete y veinte…

Él me miró asombrado y luego de un rato; comenzó a reír, y yo reí con él, y reímos los dos juntos por un largo rato, hasta que nos dolió el estómago y la cara se nos puso roja, ¿De qué reíamos?, pues no lo sé hasta ahora…

Y así comenzó mi amistad con este extraño tipo sin nombre ni familia, y luego todo el grupo lo conoció y les pareció tan fascinante como a mí, sabía mas que nadie, pero quería saber más, y eso era maravilloso, su humildad era ejemplar y sus consejos los mejores, sus palabras reflejaban claramente la belleza de su alma…

Es cierto, era maravilloso; era maravilloso ver como nos hizo cambiar a todos, como nos hizo ver la vida de una manera distinta y como nos hizo olvidarnos de los problemas y de las cosas materiales por las que tanto nos preocupábamos, nos hizo cambiar y darnos cuenta de que la vida era un gran regalo, quien sabe de quién y que no importaba cuanto tuviéramos, sino cuanto dábamos y de que manera lo hacíamos.

Este hombre ahora ya no está aquí, pues una cruel jugada de ese maldito destino le dijo que ya no iba más en este mundo; y nos lo arrancó dejándonos a todos con un vacío indescriptible y un dolor que perduraría por siempre, pero ¿y ahora? ¿Qué va a ser de nuestra vida sin él? Estoy más que seguro que todos pensamos lo mismo al oír la trágica noticia.

Era Viernes en la noche y yo estaba en mi casa esperando ansioso por ese gran partido de fútbol entre el Muni y el Juan Aurich que había sido programado justo a las ocho en punto, y que yo necesitaba ver a como de lugar. Minutos antes habíamos estado con él conversando y riéndonos de todo; a él se le veía como de costumbre: Siempre con esa ropa vieja, corta y desteñida, y bromeando junto con todos nosotros, asombrándonos de vez en cuando con una de sus grandes preguntas, las cuales nos dejaban callados por un largo rato, tratando de encontrar una respuesta, hasta que al fin nos rendíamos y comenzábamos a hablar de otra cosa.

No noté nada raro en él como para presagiar lo que iba a suceder después, todo se veía como siempre y él estaba muy tranquilo, a diferencia mía que no dejaba de pensar en el mentado encuentro de fútbol; y ya que yo parecía ser el único interesado en él, me fui, no sin antes preguntarle si quería acompañarme, por que él era hincha acérrimo del Muni, pero prefería verlo solo.

El partido se jugó muy bien y muy rápido, siempre con buenas ocasiones para ambos cuadros y con mucha fuerza y emoción, hasta que llegaron esos últimos minutos que fueron fatales, no lo digo precisamente por los equipos…

Eran las cinco para las diez y el partido estaba a punto de terminar para nuestro amigo, solo, en su casa sintió como el pecho se le estrujaba con tremenda fuerza, sintió la furia de la arrazadora muerte dentro de sí, como si un fuerte tornado le estuviera quitando el aire violentamente y cayó, cayó con fuerza soltando el vaso con agua que había estado bebiendo y quedando ahí tirado, solo e indefenso. Fue ahí cuando lo encontramos, (pues el horrible alarido que escuchamos nos sacó a todos de nuestras casas), atrapado entre el delirio y la realidad, sufriendo tremendamente y dándonos un tenebroso espectáculo al verlo ahí agonizante. Rápidamente llenos de esa rara mezcla que sintió Doña Rosa, llamamos a una ambulancia, la cual se lo llevó para nunca más regresárnoslo…

En la ambulancia, el conductor escuchaba por la radio los últimos minutos del partido, mientras aquel pobre moribundo luchaba por no perder el suyo… Se levantó, recogió la pelota con las manos y se despidió del público el cual lo ovacionó de pie por todo lo que hasta ahora había hecho por este equipo; luego sintió que el momento había llegado, pero él no quería irse, lloró, suplicó, pero todo fue en vano, el destino ya tenía jugada su carta de antemano, levantó la cabeza y vio las luces de los postes que pasaban uno por uno sobre la ambulancia, luego miró al enfermero que le limpiaba la frente y le preguntó sobre el resultado del partido. Ganó el Muni. Nuestro amigo sonrió, en el estadio el partido había terminado y todos sus amigos le aplaudían de pié, agradecidos por haberles devuelto la verdadera esencia de la vida. Se dio cuenta que su vida había sido buena, levantó los brazos, miró al cielo y lo único que hizo fue decir:

- Gracias…

En ese momento cada uno de nosotros sentimos su triste y a la vez cálido adiós y supimos que ya nunca escucharíamos mas preguntas sin respuesta, ya no veríamos mas ropa desteñida y ya no entraríamos a un departamento totalmente desordenado. Solo nos quedó abrazarnos y llorar.

Han pasado ya siete años desde esa trágica noche y la gente lo sigue recordando; a ese tipo larguirucho de apariencia inglesa que siempre asombraba con sus palabras y al que todos querían y lo veían como un verdadero hermano, a ese tipo que alguna vez pasó frente a mí, muy confundido y me preguntó la hora, y a ese hombre que nunca se rindió, que luchó con todas sus fuerzas hasta toparse con el rival invencible: La muerte.

Este hombre ya no vive, pero su espíritu siempre vivirá dentro de ti, él es la magia y la inocencia que llevas dentro y siempre va a estar y estuvo ahí. Así lo entendimos todos nosotros y es por eso que lo recordamos con una sonrisa, pues sabemos que este ser milagroso siempre estuvo dentro de nosotros y que tomó cuerpo solo para recordarnos que ahí estaba y para que nos demos cuenta de lo maravillosos que somos, cada uno de nosotros, y de todo lo hermoso que podemos lograr si es que luchamos; tal vez él haya perdido su partido, pero lo hizo para ayudarnos a ganar el nuestro

Yo ya no vivo más en ese barrio, me mudé un mes después de su adiós, pero siempre que la vida se hace dura y solo parecen importar el dinero y esas otras cosas materiales, vengo aquí, a recordar a aquel ser y su simpleza y me siento mucho mejor. Ahora que camino por estas calles llenas de niños, en las que alguna vez yo viví, me pregunto dónde estará él y que estará haciendo, y entre todas esas preguntas nace una muy curiosa: Dónde quiera que él este, ¿Sabrá que hora es?.

FIN

No tiene nada que ver pero es la pela inspirada en el libro que inspiró a mi personaje (jojojo)

4 comentarios:

Nuit dijo...

Me gusta como escribes, independientemente de si te inspiraste en alguna otra historia o autor (¿qué es el arte sino inspación "en algo"?).
Me encanta tu sensibilidad, difícil de encontrar en estos tiempos, especialmente en hombres.
Besos

Rin8 dijo...

Hey muchas gracias! Tienes razón, la inspiración puede venir de donde sea, eso justamente es lo chvr de ella.

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Nuit dijo...

Siempre te leo, pero si me dices que hay un regalo de bienvenida, con gusto me suscribo :D

Rin8 dijo...

El regalo de bienvenida es totalmente negociable ;)