3 de octubre de 2009

La cola para entrar a Mistura 2009

Recién decidimos ir a Mistura 2009 un día antes. Por tal motivo, no pudimos comprar las entradas en Vivanda y decidimos ir, aventureros nosotros, a comprar la entrada en el mismo Parque de la Exposición, la localidad más grande de Lima. Nuestro deleite estaría garantizado: La segunda feria gastronómica del país nos esperaría con los brazos abiertos y nos maravillaría con la comida de orgullo nacional a precios módicos.

Sólo éramos 3: Jess, Ed y yo. Quedamos en encontrarnos en el cruce de las avenidas Benavides y República de Panamá a las 11y30 de la mañana. Tomaríamos un taxi hacia la glotona feria. Para esto, Mistura abría sus puertas desde las 11 de la mañana hasta las 11 de la noche. Si llegábamos a las 12, estimábamos entrar al Parque, en el peor de los casos, entre las 12:30 y la 1 de la tarde. Grande fue mi sorpresa cuando yo, el más tardón de los 3, llegué al cruce pactado y no había nadie. Me di algunas vueltas por Wong, viendo libros que podría comprar tan pronto termine de leer las montañas de ellos que tengo sin abrir. Al final Jess y Ed se habían retrasado y recién estuvimos los 3 juntos a las 12. Tomamos un taxi (9 soles) y enrumbamos hacia nuestro destino culinario.

El tráfico limeño es una basura y los sábados es una señora basura. Seguramente, ese día, toda la gente oficinista sale con la familia a comprar, comer, visitar a la abuelita, hacer deporte, etc. Es así que todos los limeños nos encontramos los sábados sentados en autos que no se mueven, observando por la ventana a otros limeños iguales a nosotros, todos pensando que hay demasiada gente en Lima y que una bombita o dos a algunos distritos donde no viva gente que conozco no estarían de más. Nosotros, adultos jóvenes e integrantes de la población económicamente activa, sabíamos que debíamos sacarle la vuelta al tráfico. El taxi se estancó frente al estadio Nacional y yo sugerí, como muchas veces ha hecho mi viejo los sábados, bajarnos y caminar. Ed y Jess caminaban, yo trotaba y los apuraba. Y es que la comida, el sueño y el sexo son actividades que me exaltan, emocionan y me hacen sonreír. Además, sabía que nos esperaban largas colas.

Dicho y hecho. Para los que conocen la entrada de la avenida 28 de Julio al Parque, esta se prolongaba hasta casi la Vía Expresa. Después de las averiguaciones del caso, la cola era para los lornas que no compramos entrada en Vivanda. Aquellos planificados comensales que si lo hicieron entraban sin cola alguna, a disfrutar directamente de los placeres de la comida peruana que tanto amo y que sabía me esperaba más que a nadie. Eran, aproximadamente, las 12y30 de la tarde. A la gente se la veía contenta, nosotros lo estábamos, y todos planeaban lo que comerían (platos de 6 soles, para picar de todo un poco). Había felicidad en la cola, hermandad al informar a los que recién llegaban que esta era la cola de los lornas, la cola de la gente espontánea que se levantó con ganas de ir sin previo aviso, la cola del peruano acostumbrado a hacer las cosas a última hora pero lleno de optimismo y determinación. Era, sin duda, la cola de los más valientes.

La cola de los más valientes se detuvo misteriosamente, a menos de 30 personas delante de nosotros. No se cuánto tiempo pasó antes de que nos diéramos cuenta, la cosa es que yo veía que, en una de las boleterías, una señora ya tenía buen rato mirando hacia adentro y no pasaba nada. “Se deben haber quedado sin vuelto, o sin sistema” pensaba tranquilamente. Antes, me había encontrado con Rosarín, mi buena amiga de la UPC con quien viajé a EEUU, y ella tenía un familiar que estaba más cerca de la boletería, por lo que había accedido a comprar nuestras entradas. El hecho de hacer cola era entonces una simple formalidad.

Pasaron los minutos y la cola no avanzaba. La gente valiente se empezó a impacientar. La señora que estaba frente a la caja ahora reclamaba con movimientos algo violentos y un señor (tal vez su esposo) estaba ligeramente trepado en las rejas de la boletería, hablando airadamente. Siguieron pasando los minutos. Nosotros teníamos fe pues sabíamos que la feria estaría abierta hasta las 11 de la noche. Fuera cual fuera el inconveniente, no podríamos estar detenidos mucho tiempo. Estábamos equivocados.

Los VIP’s (esos gorilones particulares, encargados de cuidar todo evento masivo, algunos con más tino que otros) nos informaron que el Parque estaba lleno. “La capacidad está muy llena” nos dijo uno de ellos en el lenguaje de los peruanos que ultrajan el buen castellano. “Tienen que esperar a que salga un poco de gente”, “probablemente tengan que esperar media hora”. Nuestro hambre y ganas de disfrutar la mejor comida del mundo hicieron que ese percance no nos contrariara demasiado. Además, los familiares de Rosarín estaban mucho más adelante que nosotros y yo coordinaba con ella por celular nuestro ingreso.

Los revendedores aumentaron los precios. Al día siguiente, por gente de la chamba, me enteraría de que la entrada de 20 soles llegó a costar 80 en los momentos de mayor hambre y desesperación. Nosotros no estábamos dispuestos a apoyar a estos criminales (aunque la verdad no entiendo mucho su crimen). Empezaron a aparecer los colones, gente sin escrúpulos que se filtra a las colas y se va metiendo, como quien no quiere la cosa, entre personas despistadas o bonachonas o quizá estúpidas. Dieron las 2 de la tarde (1 hora y media esperando) y Rosarín me dijo que su familia no podía esperar más; se habían desanimado, como muchos y estaban abandonando la cola. Cada media hora los VIP’s informaban que tendríamos que esperar media hora más. Cuando eran las 3 de la tarde, el hambre había enloquecido a algunos comensales. Si alguien detectaba a un colón, este era acusado por el resto de la fila y sacado con muy poca cortesía por el resto de hambrientos que esperaban. ¡Es que nadie se puede meter con un peruano hambriento!

Ed tenía un compromiso ese día más tarde. Decidimos que si no entrábamos a las 3y30 nos íbamos a Pardo’s Chicken a comer un buen pollo a la brasa. A las 3y40 Ed había decidido faltar a su compromiso porque “no vamos a irnos luego de haber hecho esta cola de mierda de 2 horas”. Sin embargo, el pesimismo entró en mi corazón: Me sentía como un judío en un campo de concentración, estaba seguro de que pronto aparecería el columnista de la Hortiga y nos rociaría con Napalm. Mi semblante alegre y luego ansioso, se fue transformando en uno triste y resignado. No entraríamos, nos iban a tener ahí hasta las 11. Defensa Civil debe haber suspendido la venta de entradas por algún desmayado o glotón intoxicado con tanta comida que debía haber adentro y que nosotros no estábamos comiendo. Reformulé mi vida: Iba a renunciar al banco, escapar a una isla pequeña y empezar a vivir de la pesca artesanal.

Las 4 de la tarde y no avanzábamos. Mis pensamientos se habían convertido en acciones y les rogaba a Jess y Ed irnos de esa cola infernal. “Vamos a Pardo’s, el pollo a la brasa también es orgullo nacional”. Un VIP inescrupuloso nos había engañado a las 3y40 hablando por su “wokitoki” fingiendo que en unos minutos abrirían la cola. Un grupo de viejitos había conseguido formar una colita de 20 ancianos que reclamaban un ingreso preferencial. Se prometió hacerlos entrar primero. De las 30 personas (sin contar viejitos) delante de nosotros solamente quedaban 6. Los VIP’s nos hicieron retroceder para despejar una zona, nos apachurramos entre todos. Una vieja pendeja (no hay otro adjetivo) que estaba detrás de mí no retrocedía y, de esa manera, pretendía ganar posiciones en la cola. Abrí ambos brazos y me agarré al cerco que delimitaba la cola para que nadie pudiera pasar delante de nosotros. Seguramente le toqué la teta a la vieja pero su hambre o su lujuria no la hicieron moverse. Un hombre de lentes alzaba la voz más que el resto “pobre idiota” pensaba yo porque ya se estaba volviendo insoportable cuando conversaba con el VIP…el VIP solo sigue órdenes y la mayor parte del tiempo las sigue mal! Conversar con él no va a arreglar nada! Ed tampoco entendió esto y se puso a pelear con otro VIP. Lo calmé porque de ese señor dependía nuestro cada vez menos probable ingreso a la feria.

El pobre idiota de lentes gritó “¡oigan, hagan bulla pues, que sino nunca nos van a dejar pasar!”. El grito de guerra de los peruanos lornas pero valientes que lo acompañó estremeció a los VIP’s, llamó la atención de las chicas de boletería y de los supervisores que estaban un poco más lejos. Cual William Wallace, el pobre idiota de lentes era ahora nuestro líder. Los gritos se fueron sofisticando y pasaron de ser bramidos hambrientos (y un poco risueños, como debe ser, dado nuestro criollismo innato) a ser arengas como “¡boletos, boletos!” “¡queremos comer!” o “¡el pueblo tiene hambre”. Yo, un poco más chabacano y desesperado, pedía la cabeza de Gastón Acurio (sorry Gastón, te admiro, pero me moría de hambre) y gritaba “pelado” a un VIP malagracia. Precisamente, un VIP se acercó con su irritante muletilla: “Les explico…”. Los lornas valientes respondimos a gritos: “¡No queremos explicaciones, queremos comer!” y gritamos y gritamos sin parar, con toda la fuerza que nos quedaba luego de 4 horas de cola y hambre.

La cola se reanudó a las 4y15 de la tarde. Aplaudimos, nos abrazamos, volvimos a sonreír. El cielo gris de Lima se volvió de colores, sentimos un sol ficticio acariciando nuestros rostros. Los pies y riñones dejaron de doler. Dejamos de ser esclavos peruanos y rompimos las cadenas que nos retenían. Yo quería cantar el himno nacional pero sabía que mis amigos se avergonzarían (más) de mí. Pagamos nuestra entrada y, aún incrédulos y con las piernas agarrotadas, ingresamos a Mistura 2009, esperando fuera el deleite culinario que resultó ser. Con la vista borrosa y desesperados, comimos lo primero que pudimos pagar y recién ahí comprendimos lo que es tener hambre y poder saciarlo. Lo que representa estar orgullosos de algo y poder compartirlo. Lo bien que sabe la comida luego de haber luchado por ella, luego de haber salido a cazarla. Fuimos felices y estuvimos orgullosos de ser peruanos, de ser parte de esta nueva revolución, de este nuevo motivo para sonreír.

¡Son las 12 de la tarde y aún no desayuno!


Los 3 valientes que hicimos la cola. Arriba Jess y yo. Abajo Ed y su capucha

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