22 de agosto
- (5:30 p.m.) Me fui al cine, regreso a las 8pm… Pá
- (7:00 p.m.) Yo también!
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El cuaderno es celeste y celeste es su vida, la conversación muda que transcurre, guarda larga trayectoria. Dos seres, dos personas, que convergen en este grupo de hojas para llenar con sentimientos y tinta toda la enormidad que les proporciona la blancura de sus páginas.
La casa es una casa normal, común, aburrida. Dentro de ella solo se escucha el onomatopéyico silencio de un par de almas acostumbradas a la rutina de no verse, a la rutina de escucharse y de contarse gran parte de sus vidas en aquel compañero celeste, siempre en la mesa del recibidor. Padre e hijo celebran, en esta casa, una danza muda, cada día, acompañados cada uno de un lapicero personal; un color diferente los identifica y, obviamente, la caligrafía más ordenada y pausada ofrece menos efusividad y furor que los irregulares trazos adolescentes. La conversación se mantiene y fluye con naturalidad inusitada.
A veces son pasos, caminares a rastras o golpes con la puerta al cerrarla; siempre hay una manera de conversar. Por las mañanas, el espejo del baño azul es quien los une en una mirada frente a frente, y las migajas del desayuno, uno a las 7 y otro a las 10, comparten la tertulia amena de un día que recién empieza; con las noticias tan tristes que solo hablan de accidentes y crímenes de una clase difícilmente catalogable como humana; ¡qué terribles noticias! Alguien debería intentar relatar qué sucede en el mundo exterior en vez de revolcarse en el lodo de la mediocridad local; creo que coincidimos en que en este país no hay ni imaginación ni decencia.
Avanzan las hojas del cuaderno para conversar en la noche, pues en el almuerzo, la casa debe resignarse a permanecer sola, sin sus dos habitantes silenciosos haciendo ruido; debe resignarse a entretenerse con el viento que corre afuera, con las aves y los árboles hasta que regrese ese par de hormigas y con ellos, la tranquilidad. Los dos seres, padre e hijo, regresan de la calle corriendo hacia el cuaderno, ¡hay tanto que contar! La vida en el exterior puede ser muy interesante, pero no hay que dejarse llevar; siempre es bueno tener un respiro, salir de esa rapidez, de ese tren veloz que arrastra a todos hacia el día siguiente sin poder relajarse ni disfrutar; qué haría sin ti ¡no sabes lo que me pasó!...
La vida camina y la rutina funciona como hecha de piezas perfectas que forman parte de un engranaje especialmente diseñado por el tiempo para mantenerlos alejados. Cuando uno entra, el otro sale, cuando uno abre, el otro cierra y la sucesión de acontecimientos es tan inmediata que si alguien mirara por la ventana podría observar un baile en puntas de pie (no vaya a estar durmiendo) de idas y venidas por toda la casa que orgullosa luce su espectáculo. El padre, enfrascado en los manuales que crea, escucha pasos en la habitación del hijo; tal vez baila o juega, uno nunca puede entender a estos jóvenes. Por su parte, el hijo escucha el caminar pesado de su padre desde la escalera, cuando este va por un vaso de agua, que ya ha sido servido pues hay que colaborar el uno con el otro para que las cosas funcionen.
Tal vez sean concientes de la situación. Tal vez aún recuerden que los seres no bailan sin ser escuchados y que, para poder escuchar, se necesita algo, un sonido característico con nombre y apellido, que traiga de vuelta la parte de sus almas que ha volado hace varios años y que ha sido reemplazada por lapiceros; uno rojo y el otro azul. El cuaderno observa adormecido la meditación de los dos seres en la oscuridad, escucha sus pensamientos y los sentimientos vertidos en sus páginas le susurran las indicaciones para poder entenderlos. La realidad que les hemos presentado es la realidad que recogen y que aceptan como verdadera; es como si nunca se hubieran conocido. Lo han pensado. Padre e hijo, como para garantizar la relación sanguínea existente, han pensado en ello; uno a las 7 y otro a las 10. El tiempo en solitario colabora con elegancia a agrandar el pensamiento dubitativo de ambos. Lo han pensado. Tal vez aquellas luces prendidas, los platos sucios, hasta las bromas con la salsa de tomate son obra de dos manos de un mismo dueño. Lo han pensado. No recuerdan sus rostros.
Sin embargo, existe la prueba de que todo esto es sólo un estilo de vida poco convencional y no un indicio fehaciente de locura. Un objeto de cubierta celeste que descansa todas las noches sobre la mesa del recibidor les recuerda que no hay demencia. Son padre e hijo y tienen muchas cosas que contarse, pues la vida en el exterior siempre ha ido muy deprisa.
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El padre en el cuaderno:
- ¿Qué tan difícil puede ser escribir en un cuaderno? Lo puedo estar haciendo yo mismo…puedo ser yo el que se levanta, abre este mismo cuaderno, lee estas mismas líneas y se responde a si mismo. ¡es probable! Si no soy yo, ¿cómo saberlo? Necesito alguna señal de que el que escribe no soy yo…
El hijo en el cuaderno:
- Yo tengo un lapicero rojo y tu uno azul, no podemos ser la misma persona. Además, escribimos diferente, lo que decimos, nuestra letra…es diferente. ¿Y si soy yo el que hace todas estas preguntas y tiene todas estas dudas?
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Han intentado encontrarse, coincidir en algún momento, al menos unos segundos en la misma casa y conversar, hablar. No han tenido éxito. La costumbre de sus vidas no les permite un encuentro, escuchan al otro, pero queda flotando la duda de ser la imaginación o la ansiedad. Intentar apurar la vida diaria resulta un esfuerzo vano pues la naturaleza de sus vidas los hace bailar siempre al mismo compás; como si uno y otro se llevaran de la mano en el gran baile del desespero y la inacción.
La rutina aprisiona a estos dos seres dentro de sus propios temores de salir de ella; bajar o subir las escaleras se convierte en un reto insuperable voluntariamente aceptado como tal. Mi hijo debe estar arriba y mi padre abajo; el cuaderno en el recibidor, separando dos vidas, dos universos; dos corazones que laten juntos pero no al mismo tiempo. ¿Será verdad que estás ahí? Nuestro cuaderno no miente pues avanza con nosotros y disfruta cada una de nuestras palabras; es suficiente. El temor de estar solos en la casa los acaricia y los arrulla de noche.
Sin embargo, el silencio no parece ser el mismo. Los golpes al cerrar las puertas son más fuertes, las pisadas más marcadas y ya no hay juegos en la mesa; las migajas se muestran temerosas de conversar y de contarse qué sucede. Hay protestas en la casa, hay molestia y desespero. Son quejas, reproches ¿Por qué no te atreves a hablarme de una vez? ¿Cuánto tiempo hace que no veo tu rostro? El cuaderno no parece notarlo. Se observa, se ve lleno de vida y de emociones, no quisiera dejar de estar así. Su vida podría estar terminando cuando el hijo pasa la hoja y encuentra solo la tapa de cartón que marca el final de la escritura. Se ha acabado el cuaderno y ninguno recuerda de quién es el turno de comprar uno nuevo.
Durante semanas, el cuaderno no se ha movido, no ha sido abierto pues ya no ofrece amplitud. El padre, elaborando sus manuales y el hijo, con ruidos extraños en su habitación saben que es ahora cuando el jurado de sus conciencias dicte su veredicto y declare a la locura culpable o inocente de este sueño de tinta azul y roja. Si el cuaderno reaparece sin que yo lo reponga significará que hay alguien más en esta casa que mi imaginación y mi temor. Sonríe el destino de manera fría y empieza a observar el milagro de la vida, jugando su papel más importante. Padre e hijo son y, como tales, han llegado a la misma conclusión. Ninguno compra el cuaderno, ambos temen y ambos esperan que el otro (si es que estás ahí) tenga la gentileza de proveer la más importante de nuestras herramientas; nuestra herramienta celeste.
Un sonido rompe la rutina, que se quiebra como el cristal más delicado. Una señal, una oportunidad. Alguien llama a la puerta. Hace mucho que padre e hijo no visitan el exterior esperando la reposición del cuaderno. Si continuaran con sus vidas, no habría noche de conversaciones pues no habría donde conversar; no habría compañero a quien contar ni aventuras para leer. La vida sin un cuaderno para escribir no es necesaria; mejor es esperar. Vuelven a llamar a la puerta. Silencio. La casa parece ser más estrecha, más pequeña. Está sorprendida pues sus dos almas habitantes poseen la determinación de permanecer inmóviles, determinación que solo puede darles el temor al abandono; es necesario esperar. Si estás ahí…¡ve y abre la puerta!
El hijo está exaltado. Ha llegado a la determinación de que ha estado soñando solo. Sus pisadas, su caminar han generado un eco tan fuerte que le ha servido de compañía para llenar su casa. Hace más ruidos, con más fuerza y el eco le responde con la misma energía. No cabe duda, estoy solo. El padre se resigna, continúa bailando al compás de su rutina adherido a sus manuales como único conector con el mundo real. Es lo único que ha hecho desde que recuerda. Oye golpes cada vez más fuertes en el piso de arriba y los responde con la misma energía, esperando comunicar su molestia igualmente; esperando conversar con los sonidos para no perder su compañía. El cuaderno observa. Revisa los sentimientos adheridos a sus páginas, busca consejo en los trazos pausados del padre y en los irregulares del hijo. Necesita que algo le explique por qué ha sido abandonado, por qué, tan de repente, los lapiceros que son su familia no lo visitan y lo último que recuerda de aquellos rostros es confusión y desespero. Triste cuaderno, pobremente iluminado por el reflejo del olvido.
El padre escribe, elabora sus manuales; tal vez alguno le diga como continuar caminando ahora que sabe que está solo y que siempre lo ha estado. La vida insípida se ríe de él en silencio y no le permite continuar, la concentración está perdida. Un vaso de agua arreglaría el problema. El hijo carga una pequeña maleta, su habitación está cerrada así como sus esperanzas. La escalera se muestra ante él, aún desafiante. Ya no hay nada que temer, estoy solo. Empieza a bajar.
La casa despierta sobresaltada. Su baile ha sido interrumpido. Padre e hijo se miran fijamente. Un vaso de agua a medio tomar cae al piso y una maleta pequeña se suelta de una mano temblorosa. Segundos y minutos pasan boquiabiertos observando aquel encuentro. El cuaderno puede verlos y comprende el abandono. Un par de sonrisas tímidas cruzan el recibidor. El silencio nunca ha sido tan hermoso. La casa puede respirar tranquila.
- (5:30 p.m.) Me fui al cine, regreso a las 8pm… Pá
- (7:00 p.m.) Yo también!
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El cuaderno es celeste y celeste es su vida, la conversación muda que transcurre, guarda larga trayectoria. Dos seres, dos personas, que convergen en este grupo de hojas para llenar con sentimientos y tinta toda la enormidad que les proporciona la blancura de sus páginas.
La casa es una casa normal, común, aburrida. Dentro de ella solo se escucha el onomatopéyico silencio de un par de almas acostumbradas a la rutina de no verse, a la rutina de escucharse y de contarse gran parte de sus vidas en aquel compañero celeste, siempre en la mesa del recibidor. Padre e hijo celebran, en esta casa, una danza muda, cada día, acompañados cada uno de un lapicero personal; un color diferente los identifica y, obviamente, la caligrafía más ordenada y pausada ofrece menos efusividad y furor que los irregulares trazos adolescentes. La conversación se mantiene y fluye con naturalidad inusitada.
A veces son pasos, caminares a rastras o golpes con la puerta al cerrarla; siempre hay una manera de conversar. Por las mañanas, el espejo del baño azul es quien los une en una mirada frente a frente, y las migajas del desayuno, uno a las 7 y otro a las 10, comparten la tertulia amena de un día que recién empieza; con las noticias tan tristes que solo hablan de accidentes y crímenes de una clase difícilmente catalogable como humana; ¡qué terribles noticias! Alguien debería intentar relatar qué sucede en el mundo exterior en vez de revolcarse en el lodo de la mediocridad local; creo que coincidimos en que en este país no hay ni imaginación ni decencia.
Avanzan las hojas del cuaderno para conversar en la noche, pues en el almuerzo, la casa debe resignarse a permanecer sola, sin sus dos habitantes silenciosos haciendo ruido; debe resignarse a entretenerse con el viento que corre afuera, con las aves y los árboles hasta que regrese ese par de hormigas y con ellos, la tranquilidad. Los dos seres, padre e hijo, regresan de la calle corriendo hacia el cuaderno, ¡hay tanto que contar! La vida en el exterior puede ser muy interesante, pero no hay que dejarse llevar; siempre es bueno tener un respiro, salir de esa rapidez, de ese tren veloz que arrastra a todos hacia el día siguiente sin poder relajarse ni disfrutar; qué haría sin ti ¡no sabes lo que me pasó!...
La vida camina y la rutina funciona como hecha de piezas perfectas que forman parte de un engranaje especialmente diseñado por el tiempo para mantenerlos alejados. Cuando uno entra, el otro sale, cuando uno abre, el otro cierra y la sucesión de acontecimientos es tan inmediata que si alguien mirara por la ventana podría observar un baile en puntas de pie (no vaya a estar durmiendo) de idas y venidas por toda la casa que orgullosa luce su espectáculo. El padre, enfrascado en los manuales que crea, escucha pasos en la habitación del hijo; tal vez baila o juega, uno nunca puede entender a estos jóvenes. Por su parte, el hijo escucha el caminar pesado de su padre desde la escalera, cuando este va por un vaso de agua, que ya ha sido servido pues hay que colaborar el uno con el otro para que las cosas funcionen.
Tal vez sean concientes de la situación. Tal vez aún recuerden que los seres no bailan sin ser escuchados y que, para poder escuchar, se necesita algo, un sonido característico con nombre y apellido, que traiga de vuelta la parte de sus almas que ha volado hace varios años y que ha sido reemplazada por lapiceros; uno rojo y el otro azul. El cuaderno observa adormecido la meditación de los dos seres en la oscuridad, escucha sus pensamientos y los sentimientos vertidos en sus páginas le susurran las indicaciones para poder entenderlos. La realidad que les hemos presentado es la realidad que recogen y que aceptan como verdadera; es como si nunca se hubieran conocido. Lo han pensado. Padre e hijo, como para garantizar la relación sanguínea existente, han pensado en ello; uno a las 7 y otro a las 10. El tiempo en solitario colabora con elegancia a agrandar el pensamiento dubitativo de ambos. Lo han pensado. Tal vez aquellas luces prendidas, los platos sucios, hasta las bromas con la salsa de tomate son obra de dos manos de un mismo dueño. Lo han pensado. No recuerdan sus rostros.
Sin embargo, existe la prueba de que todo esto es sólo un estilo de vida poco convencional y no un indicio fehaciente de locura. Un objeto de cubierta celeste que descansa todas las noches sobre la mesa del recibidor les recuerda que no hay demencia. Son padre e hijo y tienen muchas cosas que contarse, pues la vida en el exterior siempre ha ido muy deprisa.
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El padre en el cuaderno:
- ¿Qué tan difícil puede ser escribir en un cuaderno? Lo puedo estar haciendo yo mismo…puedo ser yo el que se levanta, abre este mismo cuaderno, lee estas mismas líneas y se responde a si mismo. ¡es probable! Si no soy yo, ¿cómo saberlo? Necesito alguna señal de que el que escribe no soy yo…
El hijo en el cuaderno:
- Yo tengo un lapicero rojo y tu uno azul, no podemos ser la misma persona. Además, escribimos diferente, lo que decimos, nuestra letra…es diferente. ¿Y si soy yo el que hace todas estas preguntas y tiene todas estas dudas?
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Han intentado encontrarse, coincidir en algún momento, al menos unos segundos en la misma casa y conversar, hablar. No han tenido éxito. La costumbre de sus vidas no les permite un encuentro, escuchan al otro, pero queda flotando la duda de ser la imaginación o la ansiedad. Intentar apurar la vida diaria resulta un esfuerzo vano pues la naturaleza de sus vidas los hace bailar siempre al mismo compás; como si uno y otro se llevaran de la mano en el gran baile del desespero y la inacción.
La rutina aprisiona a estos dos seres dentro de sus propios temores de salir de ella; bajar o subir las escaleras se convierte en un reto insuperable voluntariamente aceptado como tal. Mi hijo debe estar arriba y mi padre abajo; el cuaderno en el recibidor, separando dos vidas, dos universos; dos corazones que laten juntos pero no al mismo tiempo. ¿Será verdad que estás ahí? Nuestro cuaderno no miente pues avanza con nosotros y disfruta cada una de nuestras palabras; es suficiente. El temor de estar solos en la casa los acaricia y los arrulla de noche.
Sin embargo, el silencio no parece ser el mismo. Los golpes al cerrar las puertas son más fuertes, las pisadas más marcadas y ya no hay juegos en la mesa; las migajas se muestran temerosas de conversar y de contarse qué sucede. Hay protestas en la casa, hay molestia y desespero. Son quejas, reproches ¿Por qué no te atreves a hablarme de una vez? ¿Cuánto tiempo hace que no veo tu rostro? El cuaderno no parece notarlo. Se observa, se ve lleno de vida y de emociones, no quisiera dejar de estar así. Su vida podría estar terminando cuando el hijo pasa la hoja y encuentra solo la tapa de cartón que marca el final de la escritura. Se ha acabado el cuaderno y ninguno recuerda de quién es el turno de comprar uno nuevo.
Durante semanas, el cuaderno no se ha movido, no ha sido abierto pues ya no ofrece amplitud. El padre, elaborando sus manuales y el hijo, con ruidos extraños en su habitación saben que es ahora cuando el jurado de sus conciencias dicte su veredicto y declare a la locura culpable o inocente de este sueño de tinta azul y roja. Si el cuaderno reaparece sin que yo lo reponga significará que hay alguien más en esta casa que mi imaginación y mi temor. Sonríe el destino de manera fría y empieza a observar el milagro de la vida, jugando su papel más importante. Padre e hijo son y, como tales, han llegado a la misma conclusión. Ninguno compra el cuaderno, ambos temen y ambos esperan que el otro (si es que estás ahí) tenga la gentileza de proveer la más importante de nuestras herramientas; nuestra herramienta celeste.
Un sonido rompe la rutina, que se quiebra como el cristal más delicado. Una señal, una oportunidad. Alguien llama a la puerta. Hace mucho que padre e hijo no visitan el exterior esperando la reposición del cuaderno. Si continuaran con sus vidas, no habría noche de conversaciones pues no habría donde conversar; no habría compañero a quien contar ni aventuras para leer. La vida sin un cuaderno para escribir no es necesaria; mejor es esperar. Vuelven a llamar a la puerta. Silencio. La casa parece ser más estrecha, más pequeña. Está sorprendida pues sus dos almas habitantes poseen la determinación de permanecer inmóviles, determinación que solo puede darles el temor al abandono; es necesario esperar. Si estás ahí…¡ve y abre la puerta!
El hijo está exaltado. Ha llegado a la determinación de que ha estado soñando solo. Sus pisadas, su caminar han generado un eco tan fuerte que le ha servido de compañía para llenar su casa. Hace más ruidos, con más fuerza y el eco le responde con la misma energía. No cabe duda, estoy solo. El padre se resigna, continúa bailando al compás de su rutina adherido a sus manuales como único conector con el mundo real. Es lo único que ha hecho desde que recuerda. Oye golpes cada vez más fuertes en el piso de arriba y los responde con la misma energía, esperando comunicar su molestia igualmente; esperando conversar con los sonidos para no perder su compañía. El cuaderno observa. Revisa los sentimientos adheridos a sus páginas, busca consejo en los trazos pausados del padre y en los irregulares del hijo. Necesita que algo le explique por qué ha sido abandonado, por qué, tan de repente, los lapiceros que son su familia no lo visitan y lo último que recuerda de aquellos rostros es confusión y desespero. Triste cuaderno, pobremente iluminado por el reflejo del olvido.
El padre escribe, elabora sus manuales; tal vez alguno le diga como continuar caminando ahora que sabe que está solo y que siempre lo ha estado. La vida insípida se ríe de él en silencio y no le permite continuar, la concentración está perdida. Un vaso de agua arreglaría el problema. El hijo carga una pequeña maleta, su habitación está cerrada así como sus esperanzas. La escalera se muestra ante él, aún desafiante. Ya no hay nada que temer, estoy solo. Empieza a bajar.
La casa despierta sobresaltada. Su baile ha sido interrumpido. Padre e hijo se miran fijamente. Un vaso de agua a medio tomar cae al piso y una maleta pequeña se suelta de una mano temblorosa. Segundos y minutos pasan boquiabiertos observando aquel encuentro. El cuaderno puede verlos y comprende el abandono. Un par de sonrisas tímidas cruzan el recibidor. El silencio nunca ha sido tan hermoso. La casa puede respirar tranquila.
FIN
Ganador del concurso “Que no te cuenten cuentos…escríbelos – Tomo III” Organizado por la Municipalidad de Miraflores (Año 2006)
1 comentario:
Y, me sigo identificando...
Takun!
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